viernes, 4 de junio de 2010

“-Profe, la Historia va a hablar de mi cuando no esté.
-Si no hacés algo importante, seguro que no.
-Por eso no me gusta la Historia. No se interesa por
gente como yo”

Brenda C., 14 años.
Escuela Normal de Mercedes (B)
Abril de 2010


Los manuales más académicos definen a la Historia como aquella “disciplina que tiene por finalidad la reconstrucción del pasado humano a través de sus restos”.

Según esta acepción del término, es una ciencia, ya que cuenta con método y objeto propio.

No debería ser necesario aclarar que cuando las obras de referencia hablan de Historia, aluden a lo que podríamos llamar la Historia grande. La de los libros que son producto de investigaciones que llevan años; la que se despliega en fenomenales escenarios, cuya materia prima son batallas y revoluciones; la de los grandes procesos; la de los grandes hombres, los estadistas, los mártires, los héroes, los santos.

Esta Historia no recoge, obviamente, cualquier hecho del pasado, sino solo eventos considerados de importancia.

Desdeña, por tanto, acontecimientos estimados menores, los cuales no tienen otra opción que la de ser archivados en la memoria colectiva, sobrevivir como relatos populares, circular por canales alternos, no oficiales, por no haber alcanzado la estatura necesaria para llegar al libro.

Fue tanta la pasión que puso San Martín en diagramar y ejecutar el cruce de la cordillera, como el empeño del equipo infantil que integré en 1974, por ganar el campeonato Evita, en la categoría once y doce.

Sin embargo, el primer hecho es historiable; el otro no.

No caben aquí consideraciones de carácter subjetivo. No importa que para nosotros fuera más importante el segundo hecho que el primero: a la Historia la escriben ellos, los historiadores, no nosotros, por más injusto que nos resulte.

No obstante, a lo largo de estos relatos, y a los efectos de efectuar una más equilibrada consideración respecto del pasado, vamos a aprovecharnos de la ambigüedad que presenta la palabra historia.

Así, deberíamos reconocer para nuestra finalidad, al menos otro alcance del término, según el cual se podría identificar a la Historia con “la narración de algún suceso, cualquiera sea su relevancia, incluso si fuera imaginario o falso”.

Cuando hablamos de historia en este sentido, entonces, deberíamos hacerlo en plural, ya que, estaríamos hablando de infinidad de historias, las cuales, como no suelen ser interesantes para los historiadores, no han sido reunidas, sobreviven sueltas, se reproducen y mutan, aunque mantienen la esencia.

Estas historias suelen suceder en escenarios menores, marginales, residuales, alejados del aparato del Estado; en las calles suburbanas de las grandes capitales o en los pequeños pueblos; en las estaciones ferroviarias, en los bares y en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las aulas.

La Historia reputada como grande, es el continente de las historias consideradas menores, siempre; aunque los actores de estas historias, las pequeñas, lo ignoren (generalmente lo hacen).

Pero para la vida de las personas comunes, solo las pequeñas historias son las imprescindibles; la gran Historia se les presenta como un proceso abstracto, lejano, dudoso, generalmente protagonizado por los profesionales de la Historia, los próceres, esos seres de semblante adusto y acción infalible.

Las personas comunes no trabajan para la gran Historia, ya que esta no los tiene en cuenta casi nunca. Solo viven (vivimos).

Sin embargo, hay algunas etapas en las cuales la gran Historia entra en contacto liminal (o no tanto), con las historias pequeñas. A veces, incluso, ambas se superponen, de tal modo que estas son (van siendo), la Historia, con mayúsculas.

Los actores de las historias pequeñas se dan cuenta de que en esos lapsos de tiempo están escribiendo la otra, o al menos, conviviendo con ella.

Así, las conversaciones en las sobremesas, ya no versan solamente sobre menudencias, sino que en ellas se cuelan temas tales como aquellos que los libros de la gran Historia suelen contener; y los personajes principales ya no parecen ser los tipos de las estatuas, sino los propios vecinos.

Estas etapas son excepcionales.

En estos períodos es tan fuerte la sensación de que la gran Historia nos atraviesa que hasta los niños perciben su influencia, se sienten partícipes de lo importante que está en curso y muchas veces actúan en consecuencia.

A comienzo de los años setenta del siglo veinte, la Argentina protagonizó uno de estos extraños períodos.

La Historia grande, por un defecto de procedimiento (y por costumbre), no lo ha registrado aún.

Penitencia

-Permiso señorita sub regente, me mandó la maestra en penitencia.

-Pasá. ¿Qué hiciste?

-Yoo… yoo… Nada. Solamente me paré a devolverle la goma a Fernando, que él me había prestado y no me escuchaba cuando yo lo llamaba para dársela y entonces, como todos se andaban parando… yo aproveché y me paré también y se la dí, y la señorita de repente nos gritó que nos sentemos… y todos se sentaron volando, menos yo que estaba lejos del banco, y quedé parado sólo... y entonces me empezó a retar a mi y me mandó acá y me dijo que le dijera a usted…

-Está bien, está bien…no llorés. Tan santito no serás vos, seguro. Quedate ahí paradito en el rincón y sin moverte hasta que suene el timbre ¿estamos?

-Esta bien señorita.

Yo un santito no soy, pero la señorita se equivocó porque parados estaban todos, y algunos estuvieron parados toda la hora y sin ningún motivo. Yo por lo menos, me paré por algo, porque Fernando no me escuchaba, no porque si, y justo a mi me agarra. Que ¿no los veía parados a los otros?

Las señoritas son injustas a veces, se calientan y se la agarran con el último que hace alguna cosa. Pero nos tenía que haber puesto en penitencia a todos o a ninguno, ¿por qué a mi solo?

Y ahora tengo que estar acá… y yo no quiero estar… Me estoy sintiendo mal… Tengo los cachetes ardiendo, como si estuviera prendido fuego. Siento que me late todo y alrededor mío siento todo más fuerte, como más nítido. Parece que estoy diferente a lo de alrededor, más pesado, embotado, como si yo fuera lo único que hay.

Yo quisiera irme a mi casa, no estar acá firme como si fuera un soldado, mirando el piso.

Yo a la escuela no quiero venir más, acá no se trata bien a las personas.

Ya no lloró más pero tengo ganas de llorar a los gritos y de irme, tengo ganas. De que mi mamá me venga a buscar…

-Te quedás ahí quietito que voy a secretaría y ya vengo, eh.

-Si señorita sub-regente.

Si, mejor que se vaya así puedo llorar tranquilo y moverme un poco, no estar más como una estatua. Con el día de sol que hace y yo acá adentro de la regencia, y estando tan cerca de donde vivo. Si me asomo por la ventana veo la calle 23, casi la esquina de mi casa. Ahí va mi tía Coca, con la bolsa de los mandados. ¿Y si salto a la vereda y me voy? Yo me voy, le voy a contar a mi mamá lo que están haciendo conmigo. Ella me va a entender. Si, esta injusticia la va a entender. Salto y listo. ¿A ver? Ya está. Soy libre. Agarro la 38… cruzo la 27, cuidado con el auto… paso la 25… y ya estoy en la 23. A ver… de acá veo mi casa, allá nadie me hace lo que me hicieron en la escuela ¡Allá está mi mamá, entrando!!

-¡Mamáaaa…!

No me escucha. Entró a casa. Mejor voy corriendo… cuidado al cruzar la 36.

Se va a poner contenta de verme… Pero…Pero…Nooo… ¿qué estoy haciendo? ¿Qué se va a poner contenta? Mi mamá me va a matar. Me va a decir que me escapé de la escuela, no me va a creer lo que le diga, no me lo va a creer…y encima va a ir a hablar a la escuela y ellos también me van a retar y capaz que adelante de todos, como siempre hace la seño…me va a poner en penitencia de nuevo la señorita y mi mamá también. No me va a dejar salir a la calle por una semana mi mamá. Me va a poner una penitencia terrible. Capaz que no me deja ver los dibujitos. Yo prefiero que me pegue, porque así se saca la bronca y listo… Te duele un poco pero después se te pasa. Pero ella ya se dio cuenta que prefiero que me pegue y cada vez me paga menos, más me pone en penitencia… Mejor me vuelvo, si, me vuelvo corriendo a la escuela ¡uf! ¡uf! A lo mejor la señorita sub-regente no volvió a la regencia y nadie se entera que me escapé, ¡uf! Cuidado el auto. Por la puerta no puedo entrar, no sea cosa que alguien me vea entrando a la escuela viniendo de la calle, o caminando por el pasillo y entrando a la regencia. Tengo que entrar por la ventana, pero… ¿cuál es? Son todas iguales desde afuera, a lo mejor me doy cuenta espiando por las rejillitas estas de la ventilación ¿A ver? Este es primer grado. ¿A ver? acá está mi salón, segundo… entonces esa debe ser la regencia. ¿Habrá vuelto la señorita sub-regente? Estar no está. Espero que no haya vuelto y se haya ido a buscarme. ¡Vamos, fuerza! No, no alcanzo. Salir es más fácil que entrar, el piso del lado de adentro es más alto.

-¡Señor, me asomé y me caí! ¿No me ayuda a subir? ¡Uppp! Gracias, gracias.

Ya está, paradito, duro de nuevo, como estatua.

Se escuchan pasos en la galería… Me parece que son los tacos de la señorita sub-regente. Ojala que no haya vuelto… Que no haya vuelto… Que no me haya descubierto…

-Me dijo tu señorita que vayas a tu salón, que la penitencia ya terminó. Andá y ahora portate bien, eh.

Volví volando a la clase, me senté en mi banco y no me levanté más en todo lo que quedaba del año 1969.

La vereda y el zanjón

Cuando a los diez u once años decíamos barrio, a principios de los años setenta, no estábamos haciendo alusión a un concepto geográfico, espacial.

El barrio estaba dado por una fisonomía de características más bien espirituales, no urbanísticas.

No era un agrupamiento de manzanas y calles lo que lo definía, sino un paisaje de chicos, sus caras, sus risas, sus voces.

Así, los pibes que jugaban en nuestra zona, le daban identidad, carácter propio al lugar, demarcando el barrio más allá de que hubiera coincidencia o no con lo que decía el plano municipal.

Mi barrio, el que tenía por eje vertebrador la calle 23, desde el club Gimnasia hacia el norte, en el pueblo de Mercedes, debió extenderse solo hasta la estación del ferrocarril Belgrano en la avenida 40, según lo indicaba la cartografía de la época.

Esa calle era el límite que aparecía en el mapa.

Siempre ateniéndonos a un concepto jurisdiccional, para el otro lado de las vías estaba el barrio Trocha, otro barrio.

La caracterización que hacían los de la Secretaría de Planeamiento Urbano era impecable (los burócratas de la intendencia no podían estar motivados por cuestiones afectivas a la hora de trazar sus límites): las vías, a la altura de la estación, ocupaban un ancho de más de cien metros, entre la calle 29 y la 15 (desde la 40 a la 42). El barrio que yo habitaba y el que ellos llamaban Trocha, estaban separados casi naturalmente por un abismo, mayormente descampado y, al decir de mi abuela, peligroso para el tránsito de las mujeres solteras en horas impropias.

Pero nosotros ignorábamos el concepto espacial que se nos pretendía aplicar.

Estábamos convencidos de que el epicentro de nuestro barrio era la canchita de la calle 40, el límite exacto entre Trocha y Gimnasia, y que, por lo tanto, nuestro distrito se extendía varias cuadras a ambos lados de la estación.

La única diferencia que hubiéramos podido aceptar era de carácter futbolístico: Trocha y Gimnasia no eran dos barrios, eran tan solo dos equipos de fútbol del mismo barrio, el nuestro, el que nos habíamos inventado.

Algunos chicos (yo por ejemplo), éramos hinchas de Gimnasia; otros, como Juancito Fernández, eran de Trocha, pero no había otra separación entre nosotros por fuera de esa, que nos parecía pintoresca, folklórica, le daba color a nuestra amistad.

Durante mucho tiempo tuve la impresión de que las cosas más memorables de la historia humana habían sucedido allí, en ese rectángulo de césped de sesenta metros por veinte que estaba pegado a la estación de “la Trocha”, sobre la calle 40, cuando mis amigos y yo aguardábamos el regreso del general Perón con la misma ansiedad con la que esperábamos ganar el partido contra los “bochines”, nuestros clásicos rivales futbolísticos en colosales batallas por la Coca grande.

Varias décadas después, aun puedo sentir las risas, los gritos, apreciar el sol, tan protagonista de aquellas tardes, el olor de la zanja, la tibieza del pasto seco y el polvo que se levantaba cada vez que un auto hacía suspender momentáneamente el picado.

Por aquel tiempo, la avenida 40, desde 21 a 29, estaba provista de un enorme jardín, delimitado hacia el norte por una hilera de árboles y el zanjón de desagüe pluvial, y hacia el sur por una serie de mojones que lo separaban de la calle propiamente dicha.

¨La 40¨, tal como le decíamos, era más que nuestro segundo hogar. Allí transcurrían sin prisa nuestras horas, mientras jugábamos un partido atrás de otro, hasta que el estado de agotamiento y la falta de luz nos devolvían a casa.

“¡Hoy a la 40!”, corría la voz alguien en el acto de bandera del turno tarde de la Escuela Normal, y luego de dejar los útiles y sacarnos el delantal, allí estábamos todos; los de la escuela y otros que se sumaban en el camino.

Nuestro territorio específico, era el segmento ubicado frente a la estación. Y respecto de él, creíamos tener sólidos derechos adquiridos, derechos que daban la ocupación y el usufructo.

Allí jugábamos de local. Conocíamos cada pozo, cada mata, cada desnivel. Allí organizábamos desafíos contra chicos de otros barrios.

Allí, lo comprendo hoy, éramos felices.




Según la escala de la naturaleza ideada por Aristóteles, hace muchísimo tiempo, las plantas tienen alma vegetativa, y sus funciones son: alimentación, crecimiento y reproducción.

Es importante aclarar, que el término alma, para los griegos, no tenía el mismo significado que para nosotros, sino que designaba la forma de un ser vivo, es decir, el principio que le imprime vida a ese ser.

De acuerdo con esta definición racionalista, no debería ningún árbol individual, por poseer tan solo alma vegetativa, presentar características especiales para el alma humana, motivar emociones, dictar pensamientos, ya que no está en su esencia poder hacerlo.

Sin embargo, hay, en un lugar de Mercedes, un árbol en especial, uno solo, cuya presencia me sugiere sensaciones que yo solamente, o quizás alguna otra persona de mi edad, puedo apreciar.

El árbol en cuestión, un palo borracho, apareció un día cualquiera, de la noche a la mañana, como por arte de magia en medio de la canchita de la 40.

Sucedió una tarde de primavera.

Nos dirigíamos a jugar un partido de fútbol informal, tal como lo hacíamos casi a diario y al llegar a la cancha, pudimos observar pasmados que el paisaje que estábamos acostumbrados a ver había sido modificado de manera tajante: exactamente en el medio de la cancha había una planta.

La sensación fue la de religiosos que ven profanado su lugar sagrado. Lo mirábamos incrédulos mientras girábamos a su alrededor maldiciendo al vegetal y al anónimo autor del sacrilegio.

-Es un palo borracho- dijo el gordo Espinosa, todavía boquiabierto.

-¿Pero quien carajo pudo haber puesto una planta en un lugar así?- se quejó Juancito – ¿No se nota que acá se juega al fútbol?

El lugar era poco convencional. Más cerca de la zanja, alineado con la hilera de árboles, no hubiera desentonado. Pero éste ejemplar había sido plantado cerca de los mojones que separaban la calle del césped. Completamente aislado.

-Esto lo hizo un boludo o alguien con mala intención- dijo el gordo que, por ser más grande, solía proporcionarnos reflexiones más agudas.

Nos quedamos esperando el sabio aporte que venía después de que el gordo usaba ese tono de casi adulto. El gordo era tres o cuatro años mayor que la mayoría de nosotros. Jugando eso no se notaba. Pero a veces, en la charla, se hacía evidente la diferencia. Sus opiniones eran verdaderas sentencias rara vez desacatadas, más por convencimiento que por obligación, ya que todos le profesábamos respeto y lo admirábamos un poco.

-Está muy claro que esto es una canchita. No tiene arcos, pero el pasto gastado en los extremos señala, incluso, su dimensión- dijo el gordo mientras todos asentíamos.

–Unos pocos metros más allá- señaló estirando la mano hacia uno de los hipotéticos arcos- la planta no hubiera molestado.

-Claro. Eligieron ponerla dentro de la cancha- exclamó Juancito – ¡Alguien nos quiere joder!- remató.

-Pero ¿quién? Y ¿por qué?- nos preguntábamos a los gritos.

-Chicos, esto lo hizo alguien del barrio. No tendría sentido que una persona compre un árbol así de raro para venir a plantarlo lejos de su casa- empezó a esclarecer el gordo

–Repito: acá hay dos posibilidades. El tipo lo plantó sin darse cuenta que nos iba a molestar o lo hizo a propósito. En el primer caso habría que ubicarlo y hablar con él para que lo corra...- estaba diciendo el gordo.

-Pero no es ese el caso- sentenció una voz grave y adulta a nuestras espaldas.

Al darnos vuelta vimos acercarse al Colorado.

El Colorado era un tipo que vivía justo enfrente de la cancha, calle 40 de por medio. Hombre de muy pocas pulgas que nunca nos había caído simpático. En la discusión no reparamos que nos había estado escuchando desde la puerta de su casa.

-Muy inteligentes sus deducciones- afirmó sonriente.

-Al árbol lo planté yo, pero de ahí no se mueve- dijo de forma terminante.

-¿Pero por qué acá y no fuera de la canchita, señor Colorado?- pregunto el Feto Monsalvo, con la voz temblorosa.

-Mirá pibe, yo no me volví amante de la naturaleza de repente. Este árbol viene a cumplir una función adentro, y no afuera ¿adivinen cuál?- inquirió el Colorado de una manera tan cínica que me pareció en ese momento la encarnación de la maldad.

-Usted no quiere que juguemos, pero ¿que le hicimos nosotros?- pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

-No se pongan así- dijo el Colorado fingiendo condolerse.

-Hay otros lugares donde jugar- y pasó a explicar la razón de la presencia de la planta.

-Ustedes son muy bocasucias y yo tengo dos hijas que no tienen porqué estar escuchando malas palabras todo el día. La 40 es larga. Se corren lejos de mi casa y se acabó el problema.

De esta manera el Colorado dio por terminada la discusión y se alejó con paso lento y satisfecho.

Yo no podía creer que alguien se hubiera tomado semejante trabajo por tan poca cosa. ¡Qué maquiavelismo! ¡Qué capacidad creativa al servicio de un objetivo tan módico! ¡Qué psicología tan tortuosa! No hubiera sido más fácil hablar con nosotros antes de semejante despliegue de recursos. ¿Qué le pasaba a este hombre?

-¡Vamos a arrancárselo!- exclamó Juancito lleno de bronca.

-Todavía la tierra está blanda, lo empujamos, lo tiramos y lo arrastramos a un costado.

Yo asentí, pero como el gordo no mostró entusiasmo, todos empezamos a mirarlo esperando su opinión.

-Muchachos, me parece que esta la perdimos. El Colorado sabe que nosotros estamos al tanto de que lo plantó él. Si se lo arrancamos nos lo vamos a tener que aguantar, y es un tipo jodido- intentó desalentarnos.

-¡Nooo! ¡El tipo no puede hacer lo que quiere! Yo traigo una soga y un serrucho. Lo volteamos y después lo hacemos leña- exclamó Juancito con una mezcla de entusiasmo y furia.

-Yo creo que tiene razón. El árbol está recién puesto. Casi nadie lo ha visto todavía. Lo sacamos esta noche y mañana el único sorprendido va a ser el Colorado- acompañó el feto Monsalvo.

-Claro. Además no es una planta que haya puesto el municipio; no sería un delito sacarla. ¡Sería un acto de justicia!- exclamó a los gritos Juancito intentando convencer a los demás.

El debate fue arduo. Pero a pesar de los esfuerzos de varios (principalmente los de Juancito) por predominar en la improvisada asamblea, no pudimos imponernos al peso de los argumentos del gordo. No porque estos fueran superiores, sino por la autoridad que este tenía sobre la mayoría de los chicos. Finalmente se decidió dejar la planta donde estaba.

Fue así que, con la derrota a cuestas, nos fuimos a casa, algunos convencidos de que la decisión tomada era un error, pero respetuosos de ella, masticando la impotencia y conteniendo el llanto.

Esa noche no pude dormir. La sensación de injusticia no me dejaba. La 40 era algo más que nuestro lugar de juegos. Allí nadie nos limitaba en ningún sentido. Yo, por ejemplo, nunca había dicho una mala palabra en mi casa. Pero en la canchita nadie me lo podía prohibir. Allí la mirada vigilante de mi mamá no podía llegar. Y este tipo venía a querer transformar ese espacio de todos, en la prolongación del patio de su casa. Con el árbol quería quitarnos nuestro territorio, para transformarlo en un jardín liberado de voces populares que dañaran los oídos sonrosados de sus niñas.

Luego de mucho pensar y dar mil vueltas en la cama, llegué a la conclusión de que no debíamos retirarnos, para que no se saliera con la suya.

Al otro día nos encontramos, como siempre, en la 40. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, empezamos a jugar al fútbol ignorando lo sucedido. Parecía que todos hubiéramos llegado a la misma conclusión: ese era nuestro lugar y de allí no nos íbamos. Así fue que achicamos la canchita y empezamos a usar el árbol de arco.

Al cabo de unos partidos, el palo borracho empezó a formar parte del paisaje. Daba la impresión que siempre había estado allí. Con el tiempo la planta pareció solidarizarse y empezó a deslizar una rama paralela al piso, a menos de dos metros del suelo, que hacía las veces de travesaño. Incluso pasó a ser el lugar de concentración y charla después del partido ya que su volumen y su sombra lo hacían acogedor.

En algún sentido el cambio había resultado beneficioso: nos perfeccionamos en el juego en espacios reducidos y aguzamos el ingenio y la imaginación para realizar combinaciones de palabrotas nunca antes pronunciadas en la zona, cada vez que veíamos en la vereda a las inocentes hijas del Colorado. El pobre no tenía más remedio que llamarlas para adentro cuando presumía, al vernos, que iba a haber fútbol y groserías.

No obstante, lo que no pudo el Colorado con su árbol, lo pudo el progreso.

La 40 fue asfaltada y hoy es una linda avenida de doble mano con bulevar, que impide a cualquier niño jugar a la pelota.

Si algún día el lector pasa por Mercedes y se acerca a la estación de la Trocha, muy poco podrá reconocer en el paisaje de lo que se le debeló en este relato.

Sin embargo, a un costado de la calle, lindando con el pavimento, cerquita de la estación, en una pequeña plaza llamada Julio C. Gioscio, como erguido testigo de un tiempo pasado y mejor, y gracias a que manos piadosas lo corrieron de lugar, podrá observar el mismo palo borracho de nuestra infancia, que se mantiene incólume. Aquel árbol que pretendió ser usado como herramienta para nuestra expulsión y terminó siendo un compañero.

¿Cómo pudo sobrevivir al traslado? Y ¿quién habrá sido su salvador? ¿el propio Colorado, que habiendo pagado por él lo consideraba suyo?

Como sea, a mi me parece que es una especie de señalamiento, un resto, un mojón de la infancia, un guiño que el pasado me hace, una prueba material de que todo lo vivido no fue un sueño, fue verdad.

La Silvia

Había sonado el timbre para ir al recreo y en medio del alboroto por salir del aula, recibí la inesperada novedad: “La Silvia gusta de vos”, me dijo un compañero.

Yo no se por qué lo hizo.

Primero pensé que había pretendido hacerme un favor pasándome el dato. Pero más adelante, y a juzgar por cómo se desarrollaron los hechos, me incliné por la hipótesis de que había querido generar alguna situación entre la Silvia y yo que él pudiera disfrutar como espectador. Lo cierto es que con la noticia, puso la pelota en mi cancha.

“Estoy obligado a hacer algo”, pensé, “pero ¿qué?”

La Silvia era linda, no lo voy a negar. Y yo sospechaba, intuía, (en realidad íntimamente sabía) que gustaba de mí. Pero una cosa era que lo supiera yo, y otra que se enterara todo el mundo. A mi me alcanzaba con que la Silvia gustara de mí en silencio. Me bastaba con mandarla al kiosco y que me comprara golosinas, me conformaba con que me hiciera alguna carita condescendiente, en fin, con que se notara que gustaba de mí, pero nada más.

“¿Qué hago yo con el gusto de la Silvia?”, empecé a pensar.

Se hacía evidente que ese “la Silvia gusta de vos” clausuraba la etapa vivida hasta el momento con ella y daba paso a un período que implicaba un compromiso mayor. Había que entablar algún tipo de relación más seria, y a mí, en mis fantasías, se me ocurría toda una gama de formatos y ninguno me convencía (desde invitarla a tomar un helado hasta pedirle matrimonio).

Pero todas las opciones incluían un paso al frente que debía dar yo, nunca ella. La Silvia había hecho lo suyo: había confesado su gusto y este estaba en boca de todos. Ahora me tocaba a mí.

Fue así que desde aquel momento, cada movimiento mío dentro del salón empezó a ser observado por decenas de ojos ansiosos a la espera de algún gesto mío, alguna palabra que tuviera relación con lo que era vox populi. Cuarto grado ya no era solamente cuarto grado. Se había transformado en el escenario de un drama que debía dar inicio de un momento a otro, porque había un público expectante y exigente, que en poco tiempo se iba a empezar a impacientar.

En lo que a mí respecta, estaba empezando a perder la capacidad de actuar naturalmente. Me incomodaba ser el centro de atracción, al menos en esas cuestiones. El papel que se me había asignado me superaba ampliamente.

Para colmo la Silvia era desenvuelta, pispireta, no era una mujer de perfil bajo. Se notaba que ya pensaba y sentía como una chica más grande. Tenía diez pero parecía de trece. En cambio yo, que tenía nueve, no quería compromisos, me sentía joven aún, prefería la calle, la tele, las figuritas.

Dada la situación, me pareció atinado iniciar una ronda de consultas con mis amigos más selectos.

“Las mujeres son así, seguro que la bola la debe haber echado a correr la propia Silvia, para que todos se enteraran y vos tuvieras que intervenir”

“Acá lo único que no podés hacer es no hacer nada. Si no actuás vas a quedar como un pavo, como mínimo, o van a decir que no te gustan las mujeres, lo cual es peor. Todo el mundo está esperando que hagas algo”

Las recomendaciones fueron diversas, pero se las podría circunscribir a dos tipos: las de facto y las más institucionales. Las primeras contenían acciones relámpago, tales como llevarla a algún lugar solitario y oscuro, tratar de arrinconarla contra una pared o árbol y, de callado, darle un beso. Las otras incluían una visita a la casa y una declaración formal.

Las del primer tipo fueron descartadas por mí. Tenía terror de que la Silvia reaccionara mal y se provocara un incidente que después comentaran todos.

Se decidió entonces trabajar sobre las formales.

“¿Y qué le declaro?”, pregunté.

“Que la querés”, se me respondió.

“Pero yo no la quiero”, aseguré.

“Bueno, que te gusta”, se me indicó.

“Tanto no me gusta”, afirmé.

“Mirá. La cosa es así. Te guste la Silvia o no te guste, vos la tenés que encarar igual” se me recomendó imperativamente.

“¿Y por qué?”, pregunté.

“Porque ella gusta de vos y lo sabe todo el mundo. Vos sos un hombre y tenés que actuar como hombre”.

Yo no le hubiera dicho nada a la Silvia. Ni siquiera hubiera perdido tanto tiempo tocando el tema. Yo me hubiera ido a jugar en vez de estar hablando de esas cuestiones.

Pero comprendí que no tenía escapatoria. Mis mejores amigos privilegiaban mi imagen a mis gustos y sentimientos. Estaba solo con mi alma.

Así las cosas, se resolvió que el viernes, a la salida de la escuela acompañara a la Silvia hasta su casa y que, con la excusa de hacer la tarea, le hablara (el discurso se me dejaba prepararlo a mí).

Ese día tome coraje y me preparé para llevar adelante el plan.

Tocó el último timbre y, luego del acto de bandera me dispuse a acercarme a la Silvia.

Estaba muerto de miedo.

Temblando como una hoja, había emprendido camino hacia ella, cuando escuché que aquel compañero, el que me había indicado el gusto de la Silvia, le comentaba algo a otro.

La Silvia gusta de vos”, le dijo.

Yo, que ya estaba lanzado hacia ella, sentí que abruptamente el alma me había entrado en el cuerpo nuevamente, pero, imposibilitado para tomar cualquier actitud diferente de la programada, y con la Silvia mirándome de frente como esperando que le dijera para que había ido hasta allí, con una sonrisa medio idiota de oreja a oreja en la cara, solo atiné a pronunciar un “nos vemos el lunes”.

La Silvia se me quedó mirando sin entender nada.

Después torcí el rumbo y corrí hasta mi casa.

Esa tarde jugué al fútbol. Contento y aliviado, disfruté el partido como un preso al que acababan de liberar.

Mediokilo y yo

Mi mamá tenía una opinión especial respecto del barrio que las vías del ferrocarril Belgrano partían al medio.

Según su caracterización, que coincidía con la que aparecía en los planos municipales, también había dos barrios, pero las razones que esgrimía para probar esta aseveración no eran de orden catastral, la suya era una caracterización de clase.

He de reconocer que se hacía evidente una diferenciación (que para mí tenía carácter meramente formal). Para el norte de las vías estaban las casas de los trabajadores más humildes y desocupados, las calles de tierra y los techos de chapa, los perros y las zanjas. Para el sur, los obreros más acomodados y los sectores medios, el asfalto y las mejores viviendas.

Los habitantes de la parte norte tuvieron, por ejemplo, un vecino ilustre: el célebre cartonero Báez (aquel que decía haber visto como Carlos Monzón tiraba a su última mujer por la ventana), cuyo hijo, al que apodábamos capicúa (muerto por la policía en su adolescencia), solía jugar con nosotros en la zona de la estación.

Pero lo que para mí era cuestión de formas, para mi mamá era puro contenido.

Ella les había puesto nombre a los de enfrente: eran los de “atrás de la vía”; luego estábamos nosotros, quienes, como consecuencia, éramos “los de adelante” (interprétese esta expresión en el sentido de jerarquía social, sentido que mi mamá pretendía darle).

Los de adelante, los del asfalto, no debimos nunca haber sido amigos de los de atrás de la Trocha. Nuestras madres no lo hubieran querido así. Ellas nos sugerían a diario que entre nosotros y ellos había abismos insondables.

Y estas diferencias eran puestas de manifiesto por nuestras progenitoras, en nuestro aspecto exterior. Yo había usado el flequillo moderno, “beatlemaníaco” cuando muy niño y solían ponerme una corbatita de esas que traían el nudo hecho e iban sostenidas por un elástico al cuello. A Juancito Fernández (habitante de la zona prohibida) le hacían un corte tasa y le ponían buzos tan estirados de mangas que durante los primeros tiempos de nuestra amistad yo creía que era manco. Juan portaba mocos colgantes permanentemente, de esos que suelen llegar hasta la boca (lo cual hacía más práctico comerlos que quitarlos).

Juan “MedioKilo” Fernández, que era el mayor de siete hermanos, debía su apelativo a una ironía del gordo Espinosa, para quién su tamaño y su peso resultaban graciosos, en comparación con su volumen (el del gordo). Por entonces no suponíamos que la razón de su delgadez era comer salteado.

Vivía en una pequeña casita de la calle 42 con su mamá, empleada doméstica, su papá, changarín, frecuentemente sin trabajo, y sus hermanos menores. Su hogar, muy humilde, era un verdadero templo justicialista donde abundaban retratos de Perón y Evita (quizás esté demás aclarar que su nombre completo era Juancito Domingo).

Mi mamá, que no era en absoluto peronista, y la de MedioKilo eran muy distintas. Pero por sobre todo, tenían diferentes proyectos respecto del futuro de sus hijos.

En lo que a mi respecta, mientras hice la primaria yo ignoraba lo que mi mamá pretendía hacer conmigo, pero en los primeros años de la secundaria consideró oportuno hacérmelo saber.

Yo debía estudiar “algo” al terminar la escuela. Cualquier cosa, pero “algo”.

Porque, según su concepción, que tenía que ver con escalar posiciones en la sociedad como modo de sobrevivir en la jungla capitalista, la universidad me daría la posibilidad de ser ALGUIEN. Y si no estudiaba no sería nunca NADIE, o, según sus propias palabras, sería un “triste empleado”.

“Triste empleado”, repetía una y otra vez cuando, siendo adolescente, yo mostraba indiferencia o confusión a la hora de elegir una carrera.

Y de acuerdo al decálogo materno un “triste empleado” no era igual que un empleado triste.

El empleado triste es un empleado cuya condición de triste es contingente, puede variar.

Pero si uno es un “triste empleado”, y no un empleado triste, lo suyo es más permanente, ya que en este caso es triste porque es empleado, su tristeza tiene que ver con su condición laboral, y solo podrá lograr que lo abandone cuando él abandone esa condición (la de empleado).

Según este razonamiento que evidenciaba desprecio por la propia condición social, solo sería feliz cuando alcanzara los estamentos más altos de la pirámide social.

Así, por oposición podría afirmarse que los únicos felices son los empleadores. Éstos pueden estar contentos porque no son empleados, son libres, hacen lo que quieren. Bastaría como ejemplo de la alegría patronal un Tinelli, un Macri o un Fort, siempre cancheros y con buena onda.

Mi mamá quería, con la mejor intención, colijo, que yo fuera feliz, que no estuviera triste, y ligaba mi potencial alegría con la posibilidad de pertenecer a las clases de arriba.

En su afán por hacerme entender que la vida de los obreros era triste, no reparaba en la imagen que podía llegar a estar engendrando en mí de mi propio padre, un empleado (algo triste) de la empresa Ducilo.

La mamá de Mediokilo pensaba de manera diferente. La única aspiración que tenía respecto de su hijo (aspiración compartida por él) era que llegara algún día a ser obrero de alguna fábrica; su sueño era Ducilo, pero si fuera otra, daba igual.

Lo que para mi mamá hubiera significado una derrota existencial, para la mamá de MedioKilo habría sido un triunfo espectacular.

¿Por qué razón éramos amigos, entonces, Mediokilo y yo?

Hoy creo que nuestra amistad tuvo que ver con que los chicos no hacen cálculos; tienen afinidad o no la tienen. Y entiendo además que nuestra relación coincidía con la etapa: flotaba en el aire una sensación de “unidad popular”, que sin dudas nos estaba influyendo, sobre todo a los jóvenes y a los niños.

“Que no te vea con esos vagos de atrás de la Trocha”, advertía mi mamá cada vez que salía de casa.

Pero yo sabía que ella misma no tomaba en serio la recomendación. Que era inútil. Que era conciente de que ni bien pisara la puerta de calle, enfilaría para la 40, que me atraía como un imán.

Es que a nosotros, los de este lado, la diferencia no nos separaba, nos seducía.

Los de la “zona prohibida” le aportaban al grupo, desprejuicio, valentía, palabras y reflexiones que para los de acá eran muy osadas.

¿Qué le importaba a Mediokilo la escuela? El se reía ese tipo de obligaciones. Yo, en cambio, me sentía prisionero de una cantidad de responsabilidades que me abrumaban.

Son incontables las demostraciones de arrojo que se podrían relatar de Juancito, demostraciones que para él eran parte de su manera de ser, no estaban premeditadas, le surgían naturalmente. Mediokilo podía meterse por el entubado que desemboca en la zanja de la 40 y seguir por él, por debajo de las calles, en la oscuridad más absoluta y esquivando las ratas, para llegar hasta la esquina de mi casa, levantar la tapa de hierro de la alcantarilla y aparecer en la vereda como si nada, luego de andar tres cuadras por el inframundo. Más de una vez hemos estado sentados charlando en el umbral de la peluquería de Lofiego, en la esquina de 23 y 34, y escuchábamos, “Esto está más negro que sobaco e mono”, frase que solía utilizar antes de levantar la tapa y emerger.

¡Yo eso no lo hacía ni por veinte fragatas!

Así, durante varios años, formamos un grupo amplio y diverso en el cual Juancito Fernández, tuvo un rol preponderante.

Si. Mediokilo y yo no teníamos absolutamente nada que ver, sin embargo, a comienzos de los años 70, fuimos grandes amigos.

Niños peronistas

No tengo memoria de hecho político alguno anterior a mis diez años.

Ignoré completamente el cordobazo y hasta ese entonces confundía al Che Guevara con Robledo Puch, quienes según los medios de comunicación, eran dos sangrientos y equiparables criminales.

Mi información sobre la realidad se remitía a conocer el nombre de los presidentes de la época: Onganía, Levingston, Lanusse. Me acuerdo que éste último me generaba una simpatía especial por su aspecto de abuelo bueno y capaz de poner límites. Además compartíamos el mismo primer nombre y las mismas iniciales: AAL (este tipo de detalles para un niño suelen ser suficiente)

Fue su figura reiterada en la tele, leyendo discursos de manera recurrente, insistiendo con el término “institucionalización” (término de sentido incomprensible para mí), lo que me llevó a intuir que estaba ocurriendo algo importante en 1972.

Pero más allá de aquella palabra que tampoco el diccionario me explicaba, llamó mi atención una bravuconada que le escuché y me provocó cierta desilusión, porque me pareció poco adecuada para un presidente: “no le va a dar el cuero” dijo refiriéndose a alguien (no supe yo a quién).

A mi me pareció que se quería agarrar a trompadas, y no me gustó, situación que me llevó a poner en duda mi “lanussismo” original.

Además de este lejano recuerdo que pertenece a mi protohistoria política, me acuerdo también de un personaje de un programa cómico, que, en una parodia de un concurso de preguntas y respuestas, contestaba sobre “vida y obra” de alguien, a quién él, por causa de la censura, no podía mencionar por su nombre.

En mi casa, donde rara vez se hablaba de política, ese programa se miraba siempre.

“Tranquilo Pocho, no tengas chucho, que somos machos y somos muchos”, repetía Pedro Lineadura en la TV.

Yo no sabía quien era Pocho, pero recuerdo que me gustaba sentirme parte de los muchos machos que le hacían el aguante.

Fue así que antes de conocerlo por su nombre y apellido, yo sabía de la existencia del Pocho o el Hombre, según los apodos con los cuales Lineadura se veía obligado a mencionarlo, y en algún momento relacioné a aquel al que el cuero no le iba a dar, con el Superpibe y con el muñequito que se reía con toda la boca, inclinando levemente la cabeza y levantando los dos brazos hacia el cielo, que Pedro portaba siempre consigo. Cuando esto sucedió, creí empezar a entenderlo todo.

Así abandoné de forma definitiva mi simpatía inicial por Lanusse y me puse del lado del Superpibe, (¿como no hacerlo?), a quien con ese apelativo, seguramente el cuero le iba a dar de sobra.

Pero no fui el único que tomó esa determinación. Todos los chicos del barrio hicieron algo parecido, a excepción de uno, Juancito Fernández, quién era adepto desde el vientre materno.

Si. Todos fuimos peronistas.

Y a Mediokilo su peronismo anterior lo transformaba en caudillo, líder, medida de todas las cosas.

De todos nosotros, solamente él conocía al pie de la letra el dogma y la doctrina del movimiento. Solamente él manejaba completamente la historia secreta de la organización del 17 de octubre, los bombardeos gorilas a la plaza de Perón, las acciones realizadas por la resistencia peronista.

Solamente él podía entonar de punta a punta “Evita Capitana”.

Él y solo él, por lo tanto, era capaz de definir cuán peronistas éramos los demás, los recién llegados al movimiento, a quienes en un comienzo miraba con la desconfianza con la que miran los históricos a los conversos.

-Cuando en el 71 escribía con tiza “luche y vuelve” en el patio de la escuela y dos por tres me ponían en penitencia, nadie me defendía… y ahora resulta que somos todos peronistas- solía recriminarnos con ironía, pero satisfecho de saber que habíamos “recapacitado”.

Y fue esa desconfianza la que llevó a Mediokilo a impartir charlas doctrinarias, en las cuales sin ninguna sutileza, nos tomaba lección oral.

-¿Los muchachos peronistas?- preguntaba.

-¡¡¡¡Todos unidos triunfareeeeemos!!!!- respondíamos a voz en cuello.

-¿Tres banderas del movimiento?

-¡¡Justicia social, independencia económica, soberanía política!!

-¿Primero la patria…?

-…después el movimiento y después los hombres!!

-Bien. ¿Abanderada de los humildes y jefa espiritual del movimiento?

-¡¡María Estela Martínez, Isabelita!!

-No pelotudos, María Eva Duarte, Evita.

-¡Ah claro! Isabel vendría a ser como la primera escolta ¿no?

-Algo así.

Y era cierto. Mediokilo parecía haber nacido peronista. Sus conocimientos sin fisuras sobre verdades del justicialismo (conocimientos que antes había tenido que mantener reservados a la intimidad y que ahora podía ventilar libremente), eran sólidos y profundos. Los saberes de Juancito empalmaban con los tiempos y de alguna manera lo ponían en la cresta de la ola. Todos los demás lo intentábamos pero, nada que hacer, le íbamos en saga, irremediablemente.

Y obviamente, no solo este grupo de niños nos habíamos zambullido al peronismo con pasión. Una inmensa mayoría de la sociedad esperaba la vuelta del general con expectativa. Su regreso, a manera de pase mágico, resolvería todos los conflictos; traería de un saque la felicidad. Había un fervoroso convencimiento de que luego de su retorno inevitable, y con él como presidente, la Argentina iba a ser el paraíso. Un lugar en el que vivir, iba a empezar a ser un placer.

En nuestra adhesión ciega e irreflexiva al movimiento, ignorábamos que estaba en su etapa de declinación. Por ese entonces suponíamos que Perón era el líder que vendría a dirigir el proceso revolucionario en curso, no a abortarlo. Veíamos su retorno como un triunfo del pueblo movilizado. Estábamos convencidos de que con su regreso se repetiría, como calcada, la primer etapa justicialista, volvería en su esplendor la época de oro, aquella de la que tanto nos habían hablado. (No estaba Eva Perón, lo teníamos claro, no había nada que hacer al respecto, y aprendimos pronto que Isabel no podría reemplazarla, pero teníamos a Tita Merello que nos la recordaba, con sus formas reas y su peronismo de piel. Tita era nuestra Evita, porque era una peronista de las de antes y porque nosotros la veíamos parecida, no en lo vieja y fea, si en lo franca, directa y popular).

La historia se repetiría, sí, todavía no sabíamos que esta vez, como comedia trágica.

-Murió Don Pepe, el de la carnicería. En el barrio hay un gorila menos. Es zona liberada- concluyó una tarde Juancito al enterarse del deceso del carnicero del barrio.

Por aquel entonces, reflexiones de este tipo eran moneda corriente.

A nosotros nos parecía que un compromiso político tan profundo como el que teníamos merecía algún tipo de reconocimiento. Queríamos formar parte del movimiento de una manera más institucional. Fue así que a fines de 1973 enviamos una carta al mismísimo general Perón con el objeto de “acercarle una idea que esperamos sea de su agrado y confiamos, de utilidad para el movimiento que creemos integrar, aunque dadas las circunstancias, integramos solamente de hecho”.

En la misiva le pedíamos al presidente que tuviera a bien implementar la creación la rama que le faltaba al justicialismo: los “Niños Peronistas” o “Rama Infantil del Movimiento Peronista” (RIM).

En realidad la organización infantil justicialista ya existía y venía actuando; nosotros queríamos que se la reconociera desde las estructuras del partido.

Ya habíamos realizado algunos operativos menores como volanteo en las escuelas y alguna que otra pintada por el retorno del general. Nosotros aprovechábamos nuestro aspecto de niños inocentes (contábamos con no más de diez u once años), para realizar actividades respecto de las cuales no íbamos a despertar sospechas, en la etapa de proscripción.

En 1973, la campaña electoral para llevar a Hector J. Cámpora a la presidencia nos encontró activando de forma visible y pública. Los mercedinos que hayan concurrido al acto proselitista que tuvo al tío como orador principal, desde el balcón de la esquina de calles 20 y 27, quizás recuerden que entre las pocas personas que compartían el palco con Cámpora había un niño morochito, al que le colgaban mocos, que de vez en cuando arengaba a la multitud agitando vivamente sus bracitos: ese era Mediokilo, que como delegado de la RIM y gracias a gestiones de la JP, había logrado hablar con nuestro candidato y se le había permitido el acceso.

También tuvimos participación en el intento de sabotaje al acto que realizara Ricardo Balbín en 24 y 25. Bautizamos la actividad como “Operativo sabotaje para el triunfo popular”. Al Chino lo habían puesto en un palco chiquito, tanto que nos permitió llegar hasta él y tocarle las piernas. Mientras yo le tironeaba los pantalones para tratar de desconcentrarlo, Mediokilo desenchufaba cables para cortarle el sonido. El tipo no podía evitar mirar para abajo y dar patadas al aire para sacarme. Durante un rato el acto pareció fracasar, porque el Chino no daba pié con bola en su discurso, hasta que nos detectó la seguridad y nos echaron a todos.

Creíamos que todas estas operaciones realizadas, nos hacían merecedores sobrados del lugar que estábamos reclamando en el partido.

Sin embargo, no.

Unos veinte días más tarde de haber enviado la carta a Perón, nos fue contestada.

Desde la Presidencia de la Nación se nos mandaron 14 camisetas de fútbol y un buzo de arquero, agradeciéndonos la inquietud y explicándonos que el presidente nos consideraba parte del movimiento, pero que la tarea de un buen niño peronista no era la militancia política sino estudiar y hacer deporte.

¡Nos mandaban a jugar y a hacer la tarea!

A pesar de que la carta estaba firmada por el general, siempre se sospechó una falsificación. No se entendía que el genio de Perón pudiera dejar pasar una idea semejante.

-Muchachos, es evidente que la carta fue filtrada por el “entorno” – se dedujo.

-Sin dudas fue un error rubricarla “Perón, Evita, la patria socialista”- se elaboró como conclusión.

Algunos alcanzamos a sugerir que podía haber sido el propio Perón el que se hubiera negado a nuestra idea, pero la organización fue terminante:

-La negativa no puede haber sido del general; la carta no logró pasar el cerco. ¿Está bien? –preguntó Mediokilo.

-¡Está bien!- contestamos todos y no se habló más del tema.

A mi me seguía pareciendo bastante sintomático que el tío Cámpora nos diera entidad y el propio Perón nos la negara. Sin embargo, nunca creí en la teoría del cerco, aunque jamás lo confesé a nadie, por ese entonces.

De cualquier modo usamos las camisetas para participar del campeonato “Evita”, en la categoría once y doce años y fuimos sub campeones.

El no haber podido salir primeros provocó que MedioKilo entrara en un pozo depresivo del cual le costó varios días recuperarse. No podía asumir que no nos hubiéramos alzado con el campeonato, el cual habíamos encarado como una tarea militante.

-¡Le fallamos al general!- repetía – y encima perdimos con el Colegio San Patricio, esos turros clericales.

Hubo que convencerlo casi a las trompadas, de que desistiera de llevar adelante una represalia para la cual había preparado una bomba molotov gigante, construida con una damajuana (¡tan grande era su anticlericalismo, tan marcada la quema de iglesias en su información genética!), que insistía en arrojar sobre la iglesia San Patricio, de calles 14 y 21.

Al tiempo la bronca se nos fue pasando y Mediokilo, paulatinamente, fue volviendo a la normalidad.

Las actividades de los Niños Peronistas se siguieron realizando, aunque la Historia no las haya registrado nunca, por esto de que no formamos parte orgánica del movimiento, no fuimos reconocidos institucionalmente como rama y, por tanto, para los historiadores no existimos.

Los que escriben la Historia, no suelen usar las acciones de los niños como insumos para sus producciones, salvo que éstas adquieran espectacularidad policial (si hubiéramos dejado a MedioKilo arrojar su mega-bomba, seguramente el hecho habría quedado registrado, y la existencia de la RIM hubiera sido imposible de ocultar).

Así, el gran público no tuvo la posibilidad de conocer nuestras actividades, nuestra lucha, nuestra pasión. Quedamos confinados al rubro historias pequeñas, anécdotas orales, cuando en realidad actuábamos con el convencimiento de que el curso del país hubiera sido muy otro sin nuestro aporte.

Lamentablemente, los historiadores no han llegado a entenderlo.

Los crotos de la estación

La estación de la Trocha, cruzando las vías, cuenta con un enorme galpón, el cual, desde que se desactivó el ferrocarril en los años 90, pasó a estar ocioso y, últimamente, es usado por cartoneros que almacenan allí su mercancía.

Sobre su lado posterior, en paralelo a la calle 42, hay una especie de corredor sin barandas de algo más de un metro de altura, que está pegado al edificio, al que se accede por una escalinata en su extremo. Esta especie de puente recorre el galpón de una punta a la otra. Es un sendero sostenido por pilares que se levantan, más o menos cada dos metros de distancia.

Los pilares y el propio galpón hacían las veces de paredes y el corredor era el techo de los improvisados camarotes donde se acomodaban ellos: los crotos.

Los primeros calores de noviembre, los que traían a las moscas y a los heladeros, también traían a los crotos.

Llegaban como polizontes en trenes cargueros, nunca supimos de donde, y se iban concentrando en los alrededores de la estación para quedarse allí hasta el mes de abril, momento en el que se marchaban hasta la próxima primavera, casi verano.

No había entre ellos chicos ni mujeres. Eran todos hombres solos que parecían reunirse obedeciendo a una cita puntual, en el mismo lugar cada año, para improvisar un prolijo campamento, en un área que quedaba expuesta a la parte humilde del barrio, pero bien oculta por el galpón y la propia estación, de las miradas de los sectores medios que habitaban de este lado de la vía.

Fue MedioKilo quien nos introdujo en el mundo de los crotos. Él los conocía bien, por razones geográficas y socioeconómicas: acampaban justo frente a su casa y compartían la misma condición, lo cual los hacía afines (solo que MedioKilo era sedentario).

Durante el tiempo en que convivían con el barrio, nos gustaba, a mis amigos y a mi, acercarnos a la estación para charlar con ellos.

Nunca les tuvimos miedo. Para nosotros eran como los integrantes del circo: trotamundos que nos contaban historias y nos hacían reír.

Creo que apreciábamos su libertad de movimientos. Nos subyugaba no saber de donde habían venido ni adonde irían cuando se fueran. Eran como mochileros pero no como nuestros amigos más grandes, que lo eran solo durante las vacaciones. Los crotos eran mochileros permanentes.

Vivían de tirar la manga y de la confección y venta de algunas herramientas que hoy ya no existen, unos “limpiabombillas” que hacían ellos mismos con trozos de alambre y crines de caballo.

De todos los crotos que conocí, hubo uno en particular que merece un comentario.

Era un hombre con apariencia de viejo, que en realidad tendría alrededor de cuarenta y cinco años. Su aspecto era como el de todos los demás. Tenía, el pelo bastante largo, le faltaban varias piezas dentarias, usaba barba y su ropa andrajosa había perdido completamente el color original. Solía caminar portando un palo de escoba que usaba para sostener una vieja bolsa de almacén sobre el hombro. En fin, lucía como un croto.

Sus compañeros lo llamaban Calesita en alusión a los circunloquios que daba para hablar.

Calesita era, evidentemente, el líder del grupo. Había una diferencia abismal entre él y el resto de sus compañeros.

Era una persona muy culta. Podía hablar de política internacional, filosofía, literatura aunque también de fútbol. Para él no había tema grande ni pequeño. Le ponía la misma seriedad e interés a todos.

Más de una vez he ido hasta la estación para que me explicara algún contenido de la escuela. ¡Yo le entendía más a él que a la maestra!

¿Quién era o quien había sido realmente calesita? ¿Por qué dormía a la intemperie y vivía de la limosna?

Calesita jamás respondió preguntas sobre su pasado.

-Yo soy un croto conciente, por elección. No caí en desgracia, no añoro ni pretendo otra vida. Vivo como quiero- respondía cada vez que alguien quería saber sobre su vida anterior.

Entre los crotos, todos le debían a él sus apodos. Y todos los apodos, dado que Calesita era un croto ilustrado, tenían que ver con grandes pensadores de la humanidad.

“A este le decimos Voltaire, por sus actitudes anticlericales”.

“Este es Carlos Marx, por su sensibilidad social”.

“A este le llamamos Empédocles, por su respeto por los elementos naturales”.

Nosotros les habíamos empezado a llamar los “filósofos”.

Había uno cuyo aspecto era en algo diferente: no usaba barba y su vestimenta, aunque denotaba su miseria, estaba un poco más ordenada.

A este, en aquel momento no percibí por que razón, le llamaban Mónica.

Mónica era el único croto que, no se cómo ni en que lugar, pero evidentemente de vez en cuando se aseaba; los demás no se bañaban jamás.

“Hacemos caso solo a la primer parte del apotegma de Heráclito, aquel que dijera: nunca nos bañamos en el mismo río. Nosotros, en rigor de verdad, nunca nos bañamos”, solían repetir risueños.

Nuestra vida en la 40, tenía un condimento especial entre noviembre y abril; la presencia del grupo de calesita, increíblemente, le otorgaba una especie de vuelo intelectual, le aportaba respuestas, muchas veces exóticas, pero siempre inteligentes, a nuestras preguntas de niños.

Durante este período del año ellos estaban ahí, participando de nuestras vidas.

Cuando jugábamos al fútbol, por ejemplo (principalmente cuando lo hacíamos contra algún otro equipo), los crotos de la estación eran nuestra hinchada. Eran poco convencionales, cierto, pero se tomaban tan en serio el asunto del aliento, que transformaban el evento en un espectáculo bastante poco usual. Sin dudas resultaría patético para el transeúnte ocasional, ver a estas personas grandes, con rostros adustos, emitiendo cánticos destemplados, arrojando papelitos mientras trastabillaban y caían al suelo.

Nuestros rivales más frecuentes eran los “Bochines”, unos chicos buenos que habitaban el barrio Lapenta, detrás de la calle 17.

Por su zona, la calle 40 no tenía canteros, por lo tanto no podían jugar de local, razón por la cual solían venir a jugar a nuestra cancha.

Nosotros no teníamos problemas con ellos. En realidad esperábamos ansiosos su llegada, porque cada vez que venían salía un partido por la Coca grande, y jugar contra los “Bochines” era como jugar contra niños de la sala rosa.

Jugamos infinidad de veces y siempre perdieron.

Nunca nos peleamos. Nunca discutieron nada. Siempre pagaron la Coca y, lo que era más importante, siempre volvieron.

Los “Bochines”, repito, eran muy buenos, como personas. Jugando al fútbol eran de terror.

Los partidos contra ellos casi siempre eran con hinchada. El aliento de nuestros crotos era permanente, sostenido, aunque muchas veces, apenas balbuceado (siendo bastante incomprensible al oído, por tanto). Pero a la hora de los goles, y contra los “Bochines” los goles solían ser muchos, se redoblaban los gritos, había saltos, corridas, abrazos, rodadas, invasión de campo. La impresión para algún observador casual, debería ser bastante grotesca: una caterva andrajosa y miserable dando alaridos propios del estado de ebriedad en que se encontraban, corriendo como alienados, en busca de nuestro abrazo, del cual generalmente huíamos.

En más de una ocasión, luego de algún festejo, hemos tenido que arrastrar a algún croto que había quedado tirado con pérdida de conocimiento por el esfuerzo realizado y por el alcohol consumido (generalmente Empédocles, cuyo apodo, empecé a suponer, tenía otras motivaciones que las declaradas por Calesita) fuera de los límites del campo, para que el cotejo pudiera continuar.

-No perdamos la elegancia, camaradas- solía recriminarles Calesita, quien participaba, pero de manera poco entusiasta del evento deportivo.

Aún así, era hermoso jugar con hinchada. El sueño de cualquier chico.

Al terminar cada encuentro brindábamos todos juntos. Nosotros con la Coca y ellos con Crespi Seco.

¿Por qué razón los “Bochines” volvían siempre al lugar de sus derrotas?

¿Tan solo porque no tenían cancha propia?

¿Porque guardaban la esperanza de poder ganarnos alguna vez?

Quizás su cometido haya sido superior.

Según la concepción de Calesita, los Bochines tenían una función que cumplir en nuestras vidas. Ellos venían a darnos una recurrente lección de nobleza.

Y quizás fuera cierto que tan solo venían a perder y a cumplir con la palabra empeñada.

Para nosotros la Coca sabía rica por haber sido obtenida en el campo de batalla.

Calesita decía que el sabor que se llevaban ellos era superior; se iban con la tranquilidad de conciencia y sensación del deber cumplido.

Una tarde-noche, después de un partido contra los Bochines, nos acercamos como tantas otras veces, al campamento de los crotos y nos recostamos alrededor del fogón a participar de la conversación.

En esa ocasión el croto calesita, muy alegre, quizás con algún vino encima, y aprovechando el gran auditorio, se decidió a desarrollar lo que podría definirse como su “pensamiento vivo”.

Todo empezó con una pregunta de medio kilo

-¿Porqué vivimos así? Bueno cada uno de nosotros tendrá sus motivaciones. Para explicarles las mías tendrán que oír un largo y complicado relato. Espero que lo entiendan.

Esa tarde calesita emitió lo que él mismo presentó como su “teoría de las actitudes testimoniales”, según la cual “la historia humana no es otra cosa que un largo drama jalonado por el comportamiento heroico de algunas personas superiores que se ofrecen cómo mártires para dejar testimonio al resto de los mortales, y sobre todo a las generaciones posteriores, respecto de cómo vivir con dignidad. La vida de éstos mártires nos señala el camino”.

Yo no sabía si era una producción original, pero me lo pareció, ya que jamás había oído hablar de ese tema.

-Hubo una vez un señor que vivió en Atenas en el quinto siglo antes de nuestra era, que se llamaba Sócrates. Este hombre era maestro. Algunos sectores de la sociedad de su tiempo desaprobaban sus enseñanzas y fue condenado a retractarse o morir. Como Sócrates no se desdijo, murió. Más adelante vivió en Judea un joven, a este lo conocerán seguramente, que se llamaba Jesús, quién fue también condenado a morir y aceptó hacerlo sin chistar. Podría seguir mencionando casos similares en los cuales los protagonistas eligieron comprometerse con sus concepciones hasta las últimas consecuencias, y ante la posibilidad de la muerte, no dudaron. El más reciente es el del Che Guevara quién según sus características de clase no tenía ninguna obligación de empuñar un fusil y hacer suya una causa que, por cuestiones de cuna, le hubiera resultado ajena.

A ver Empédocles, ¿por que razón alguien puede decidir llevar adelante sus principios hasta el extremo de morir por ellos?-

-¡Zzzzzz… Zzzzzz…!

-Bien, contesto yo. ¿Qué hubiera pasado si Sócrates hubiera optado por no beber la cicuta? ¿si hubiera preferido vivir? Hubiera tirado por la borda toda una vida de enseñanzas, todo lo dicho anteriormente por él hubiera sido muy poco creíble. Imaginen a éste Sócrates renegando de sus verdades, nadie hubiera creído ya en lo que predicara. Pero, y esto es más importante aún, ¿que hubiera sido del desarrollo de la humanidad, al menos de aquella parte que llamamos “occidental”, sin su gesto altruista? ¿Cómo seríamos?

Y respecto de Jesús, ¿Qué hubiera pasado si, por ejemplo, una rebelión de los seguidores antiimperialistas de Barrabás se hubiera alzado y rescatado a los tres crucificados de ese día, como una forma de que Jesús no muriera por él? ¿Qué hubiera sucedido si Jesús hubiese reconocido como un error el haberse autoproclamado “rey de los judíos”, y pidiendo mil disculpas se hubiera retirado a su casa para dedicarse a manejar la carpintería de su papá?

Imaginen a Jesucristo jubilado, dando de comer a las palomas en la plazoleta Poncio Pilatos, de la ciudad de Jerusalén, muriendo de viejo. ¿Qué hubiera sucedido con la historia universal sin su pequeño gesto cristiano?

Y si Ernesto Guevara se hubiera dedicado a manejar los campos de la familia, obviamente estaría vivo, pero ¿a quién le importaría que lo estuviera?

¿Me van siguiendo?

-Para nada. Yo no entiendo un carajo- se animó a sincerarse medio kilo.

-Actitudes fundamentales de vida chicos, actitudes simbólicas sobre los cuales se ha construido la estructura de la Historia.

A esta altura del relato del croto calesita, no solo dormía Empédocles sino el resto de los filósofos, incluso algunos de mis amigos, y yo comprendí cabalmente que su sobrenombre, sin ser el más elegante y culto, era, sin dudas, el más atinado.

Pero calesita insistió con su explicación: “Decía Jean Paul Sartre que al elegir nuestro comportamiento, estamos eligiendo el comportamiento humano, es decir, cuando elijo cómo actuar, elijo cómo quiero que los demás actúen”.

Calesita volvía a sugerirnos que su crotismo no era natural sino elegido a conciencia.

Y estaba reclamando actitudes de desprendimiento como la suya en todos los hombres. Pretendía que su renunciamiento a su vida anterior, sirviera al proceso histórico.

Pero ¿ante quién realizaba el sacrificio? ¿no éramos un auditorio demasiado pequeño? ¿no corría el riesgo su testimonio, en caso de que pudiera ser considerado de importancia, de pasar completamente desapercibido? Las “actitudes testimoniales” de los personajes que él memoraba se habían dado en circunstancias y lugares cruciales del drama humano. Y en los casos en los que esto no había sido así, habían sido ayudados por el proceso histórico y sus intrincadas situaciones (la explosión del cristianismo y el fin del imperio romano, son un ejemplo). Contarles su visión de la historia a un grupo de niños (los pocos que quedaban despiertos) al costado de un viejo galpón ferroviario ¿no era poco aporte al reconocimiento que pretendía de parte de la historia universal?

Para estos interrogantes calesita tenía respuestas.

-¿Acaso Jesús no nació en un maloliente pesebre? Si lo mío vale, los hombres, tarde o temprano lo van a reconocer.

Debíamos concluir que calesita se metía de lleno en el sub-mundo de la especie humana a los efectos de que alguien reconociera algún día su sacrificio, pero ¿cuál era su aporte?

¿dormir en el suelo?

-¡Vos estás loco calesita! ¡Volvete a tu casa y dejate de joder!- dijo Mediokilo, sintetizando el pensamiento de los despiertos.

- Porqué no te proletarizás. Entrá en una fábrica y contribuí a la revolución nacional que está llevando adelante el movimiento peronista. Con tu capacidad seguro que sos un líder sindical y lográs tu cometido trascendente y de paso hacés un aporte- agregó suelto de cuerpo.

Mediokilo debió haber tocado alguna fibra sensible en la humanidad del croto. Ya que calesita abandonó la postura pacífica, conciliadora y casi profética que le habíamos conocido y pareció transformarse en un hombre de los tiempos que estábamos viviendo.

-¡Los que están locos son ustedes! Lo que proponen es realmente pueril. El socialismo nacional no puede existir, es una pura contradicción. El socialismo es, por definición, internacional ¡Son tan elementales! Además no miden la situación política. ¿No se dan cuenta de que van a una derrota segura? Son todos unos muchachos muy valiosos, pero van por un callejón sin salida.

Ante nuestro asombro por su manifestación política, se sintió obligado a explicar.

-Vean amiguitos, yo reconozco la existencia de la lucha entre las clases sociales, pero he decidido no participar. Por supuesto que simpatizo con los intereses de la clase obrera y considero el socialismo como la solución para la humanidad, pero las organizaciones que hoy lo impulsan en la Argentina no tienen la menor posibilidad de llevarnos a buen puerto.

Yo me he desclasado concientemente, y tal condición me permite tomar equidistancia a la hora de reflexionar. Y así puedo decir lo que quiero. Analizar la realidad sin compromisos. Y yo creo que, más temprano que tarde, vamos hacia un abismo de oscuridad nunca antes visto por estas latitudes.

Con su reacción instintiva, visceral, calesita daba a entender que la verdadera interpretación que hacía del proceso histórico, era ésta; la de las “actitudes testimoniales” era una invención detrás de la cual el croto ocultaba, vaya a saber por qué, su auténtico pensamiento.

Pero, si tenía una posición política ¿por qué ésta no lo empujaba al compromiso? ¿Por qué la negaba? Para qué alguien podría querer interpretar la situación política, sino era para contribuir a su modificación (o su mantenimiento).

En algún sentido calesita nos había defraudado. No porque no fuera peronista, sino porque entendimos que su crotismo era el ropaje que había elegido para ocultarse de la realidad, para evitar asumir una postura, para no tener que vivir como pensaba. Pero ¿por qué escapaba? Vaya a saber. No creo que fuera solamente su convicción de que el futuro era negro. Creo que en su pasado había algo más. Nosotros concluimos, como era lógico concluir para chicos de aquel tiempo, que calesita era un quebrado o expulsado de alguna organización, o algo por el estilo.

Calesita no ingresó al olimpo del proceso histórico; al menos no hasta el día de hoy. Su sacrificio pequeño e intrascendente, su aporte mínimo no alcanzó a torcer los destinos de la humanidad (desde aquella noche se hizo evidente que tampoco lo pretendía).

Sin embargo su existencia no pasó desapercibida para nosotros.

Calesita proclamaba que había venido a dar testimonio (falso testimonio, según medio kilo), y si bien la humanidad no reconoció su actitud de desprendimiento, yo creo que si viviera estaría relativamente conforme con la vida que llevó: intentó ser solo un hombre libre, aunque, por aquel entonces, para nosotros no alcanzara.

Hoy, a la distancia, lo disculpamos.