El regreso del malón
El 15 de julio de 2004 no fue un día cualquiera.
No lo fue para ellos, por la importancia del evento que habían decidido llevar adelante, y, por razones menores, tampoco para mí.
Yo caminaba sin rumbo por las convulsionadas calles de la capital. Trataba de matar el tiempo, mientras se hacía la hora de regresar a casa. Había viajado a realizar un trámite y estaba esperando el próximo micro de vuelta a Mercedes.
Transitaba por
Antes de llegar al grupo observé entre ellos una cara que me resultaba conocida. A medida que me acercaba me fui dando cuenta de quién se trataba. Era mi amigo de la infancia, el indio Lautaro Colic. Aquel tremendo jugador de fútbol que no había podido triunfar, y que un día había desaparecido de Mercedes.
Tan grande fue mí alegría al reconocerlo que pegué un alarido visceral, sin tener cabal noción del error que estaba por cometer.
-¡¡Indio e mierda!!- dije.
El grito, que pretendió ser un saludo personal a Lautaro, fue entendido como una agresión al colectivo.
De inmediato y como por acto reflejo, los participantes del evento se dieron vuelta y me apuntaron con miradas que transmitían odio.
Un viejito que era evidentemente su dirigente, lacónicamente dio la orden (que yo interpreté como: “Winka matandu”), y acto seguido se encaminaron en dirección a donde me encontraba (a unos diez metros) dando alaridos y agitando los puños en alto, en actitud que no parecía nada amigable.
“Ahora entiendo a los estancieros de la frontera bonaerense” pensé, tratando de no perder la calma y el humor.
“Seré el protagonista de un hecho histórico: un malón”
“¡Hombre solo y desarmado!”, grité, pero no les importó.
Sintiéndome desahuciado, intenté, mientras ellos se acercaban, identificar a Lautaro, para que me reconociera y me salvara, pero en medio de tanto indio, había perdido el mío.
Sin embargo, no desmayé en este intento, y seguí buscándolo con la mirada, mientras recibía los golpes (a esta altura me costaba mucho no desmayar). Hasta que me dí cuenta que no lo veía porque lo tenía encima. El indio Coliq era el que más me pegaba. Yo había caído al suelo y Lautaro estaba sentado arriba mío golpeándome con derecha y con izquierda, alternativamente.
“Una de dos”, pensé, “o el indio no me reconoce, o le quedé debiendo algo”.
Para sacarme la duda y además porque empecé a preocuparme seriamente por mi salud, decidí jugar una última carta. Me aferré a él para tratar de evitar que me siguiera golpeando y a los gritos intenté que me reconociera: “Lautaro ¿te acordás de los chicos del club Gimnasia de Mercedes?”.
El indio se detuvo en seco.
Luego empezó a controlar a los demás, hablándoles en su idioma, hasta que, de a poco, la golpiza fue cesando.
Se paró a un costado y se puso a parlamentar con el viejito y casi enseguida el grupo estaba de nuevo reunido en círculo, continuando con lo suyo, sin que nadie me hubiera pedido disculpas.
Yo todavía no entendía bien de que se trataba todo. Qué hacía esa gente en la plaza, que hacía el indio con ellos. Parecía realmente un grupo aborigen, pero tratándose del indio Colic, que durante su última etapa en Mercedes se la había pasado macaneando por los bares, al borde del alcoholismo, no sabía si eran indios auténticos o puro cotillón.
Habiéndome reconocido, Lautaro se acercó a charlar.
-Siempre fui Mapuche – me confesó con un gesto adusto que nunca le había visto.
-Mi padre fue un Lonko de nuestra comunidad, en Neuquén. Murió cuando yo tenía nueve años. Mi abuela era Machi. Mi madre trabajaba la tierra en Puelmapu hasta que fuimos desalojados por el ejército Winka. Teníamos un familiar en Mercedes y recurrimos a él que nos cobijó. Siempre hablé Mapuzugun, pero nunca lo había hecho delante de los Winka. Ahora, salvo que sea imprescindible usar el castellano, hablo solamente mi idioma. Con vos estoy haciendo una excepción.
Estaba distinto Lautaro. Me costaba reconocer en él al chico que había sido, el que enamoraba la pelota, y también al alma en pena en la que se había transformado producto de su fracaso futbolístico. Su semblante era otro, ya no tenía la mirada esquiva, ahora miraba de frente y con dureza. Estaba mejor el indio.
Yo a Lautaro le decía indio y, para mí, el sobrenombre había perdido su sentido original, no hacía referencia a lo que realmente designaba. Cuando yo le decía indio no me refería a los indios, sino solo a él, que lo aceptaba, entendía yo, como un mote afectuoso, como el feto Monsalvo aceptaba el suyo, sin suponer que cuando le decíamos feto aludíamos a un nonato.
¡Pero el indio Coliq había resultado ser un indio de verdad!
-¿Y por qué nunca asumiste tu origen?- le pregunté.
-Mi mamá no quería que sufriera lo que ella había sufrido, así que decidió, cuando nos mudamos, ocultar nuestro apellido y borrar todo rastro de nuestra ascendencia. ¡Hoy comprendo que todos mis padecimientos tuvieron que ver con haber escondido mi identidad! Cada cosa que emprendía en el mundo de los winka resultaba un fracaso, hasta que al volver a Wallmapu y retomar el contacto con mis raíces, entendí quién era: Leftraru Coliqueo, puro mapuche. Ahora vivo en comunidad con mis hermanos, en Leleque, provincia de Chubut, ya que perdimos la tierra en Neuquén.
Lautaro (o Leftraru), empezó a contarme las razones del acto que llevaban a cabo (un Rewen o ceremonia sagrada). Me dijo que reclamaban al estado argentino las tierras que les pertenecen a las comunidades mapuches que viven en
-Pa mapuche mongeley- me dijo. Los mapuches están vivos.
A medida que el indio abundaba en detalles respecto del genocidio mapuche, yo me sentía cada vez más un cómplice, un colono, por el solo hecho de ser winka.
“Nosotros reclamamos al estado, no son responsables los winka como individuos particulares, es más, buscamos su solidaridad en nuestra lucha”, dijo para mi tranquilidad.
Después empezó a contarme de su vida.
“Durante algún tiempo intenté triunfar con la pelota. Tenía una tremenda facilidad y con el fútbol podría olvidar el pasado y hacer feliz a mi madre. Hoy sé porqué no pude ser jugador de fútbol. Estoy convencido de que la razón de mi fracaso estriba en que estaba escrito que yo debía cumplir otra misión, mas elevada. Había algo en mí que se resistía a que me desenvolviera satisfactoriamente en los estadios, algo interior que me bloqueaba. En ese momento yo no sabía que era. Ahora lo sé. El fútbol es el deporte de nuestros saqueadores. Mis piernas se negaban a moverse, me querían decir algo que yo desoía. Durante mucho tiempo el fracaso me abrumó y anduve rodando sin que la vida para mí tuviera sentido. Pero el destino me tenía preparado tocar fondo para poder replantearme todo. En ese momento comprendí quien era y cual era mi misión. Voy a ser Lonko, dirigente de mi pueblo”.
Esta era la explicación que el indio se daba a su defección futbolística. Yo (como todos en mi barrio), había tenido otra. La del indio me resultó curiosa e inesperada.
Seguimos charlando un rato de Mercedes, de amigos en común y de otros bueyes perdidos.
Yo tenía que irme y él debía continuar con lo suyo, así que nos dimos un abrazo y lo dejé. Se encaminó hacia el grupo y de repente se dio vuelta hacia mí y gritó:
¡¡Marici Weu!! (diez veces venceremos)
Luego se volvió y lo perdí entre los demás.
Tomé el 57 en Plaza Italia, de vuelta a casa, e intenté ordenar mentalmente la experiencia que acababa de vivir.
Lo primero que se me ocurrió pensar era que había perdido un amigo, es decir, que el Lautaro Colic que había conocido, ya no existía (o que no había existido nunca en realidad, según me acababa de enterar, pues hasta su nombre era otro).
La imagen del indio callado, excesivamente apocado que yo guardaba, no iba a cambiar, solo que ahora creía haber entendido las motivaciones del silencio. No había sido un pibe vergonzoso el que no podía desarrollar su fútbol delante de público. Había sido un mapuche llevando adelante un acto de resistencia, un episodio más en la larga historia de lucha de su pueblo. Leftraru (me cuesta llamarlo así) se negaba a triunfar en el mundo de los blancos. Quizás intuía que eso hubiera significado transformarse completamente en un Winka, olvidar por completo sus raíces.
Después de haber presenciado como el ejército incendiaba su casa en Neuquén y luego de arribar a un mundo desconocido, su inserción debe haber sido dificultosa. El pobre Lautaro se debe haber sentido abrumado, pero algo en él aguantaba. Jugaba al fútbol y se divertía, pero solo entre amigos. Nunca concedió al Winka su talento; quizás haya supuesto que si lo hacía, estaría otorgando su esencia mapuche, y a pesar de los vaivenes que sufrió su vida, nunca la entregó.
Leftraru Coliqueo sabe ahora quién es.
No fue fácil. Se le cruzó un destino Winka que pudo haberlo despistado, escamoteado su identidad, pero él perseveró y forjó su propio destino. No siguió las pistas falsas.
El deporte de los Winka se perdió un talento inconmensurable (¿habría habido lugar para dos Maradona?), pero no se extraña lo que no se ha tenido, y, al fin y al cabo, por aquellos tiempos, con el Diego fue más que suficiente.
El 15 de julio de 2004 no fue un día cualquiera.
No lo fue para ellos, que habían realizado un acto crucial, por primera vez en Buenos Aires, en el marco de la resistencia mapuche a la opresión, ya centenaria del estado argentino, y tampoco para mí que había encontrado a mi amigo Lautaro Colic, el indio malabarista de la pelota, transformado en Leftraru Coliqueo, un luchador, un Lonko de su pueblo.
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