Hasta siempre mi general
El general Perón logró sobrevivir por un tiempo al movimiento que había engendrado treinta años atrás.
Cuando aquel 1 de julio de 1974 falleció, el peronismo no era una fuerza histórica con capacidad para modificar la realidad, había dado todo lo que podía dar, en algún sentido, había muerto.
Lo que por entonces no sabíamos, era que aún no había perdido su capacidad para producir hechos historiables, para ocupar el espacio e imponer la escenografía de
La gran masa del pueblo había comenzado a percibirlo, aunque su muerte (la del general, temprana para las expectativas populares) habiendo transcurrido un corto tramo de su tercera presidencia, le impidió procesar del todo la idea.
Los niños peronistas, quizás por ser menos concientes, más intuitivos, ya habíamos entendido que no era precisamente el paraíso lo que había arribado con Perón (más tarde comprenderíamos que se había parecido a la antesala del infierno).
Habíamos idealizado al general y comprobábamos que la idea que nos habíamos forjado, no encajaba en el hombre de carne y hueso. Nos costaba asociar al personaje mítico con el anciano chinchudo que parecía renegar de las medidas populares de antaño.
A nuestros ojos había empezado a mostrarse como un presidente más, no como el dirigente que impulsaría los cambios profundos y necesarios que se esperaban.
El día que murió, de nuestra adhesión al movimiento no quedaba nada, aunque todavía no lo hubiéramos asumido concientemente. Solo Mediokilo, a duras penas, parecía mantener en alto alguna bandera.
Nos habíamos ido desilusionando con cada actitud, con cada gesto, con Isabel, con López Rega.
De cualquier forma, su muerte fue un golpe duro para todo el pueblo.
La noticia disparó una sensación de vacío en la sociedad. Se trató de uno de esos momentos extraños en los cuales millones de personas comparten un mismo sentimiento. Fue tan impactante que incluso los gorilas se sentían mal. Los dirigentes opositores saludaron con manifestaciones de pesar el deceso del presidente. Hasta el Chino pareció un ser humano y lo despidió con palabras que, ahora sí, sonaban sentidas, palabras que en nuestro fuero íntimo sirvieron para desvalorizar aún más la imagen del general (si el Chino es amigo ¿cuál es el enemigo?).
En la escuela nos hicieron salir al patio y formar, sin que nos comunicaran la razón.
En la formación vi que lloraban algunos chicos y la noticia empezó a circular de boca en boca. Yo no lo creía, pero luego nos habló la directora y lo confirmó, agregando que nos podíamos ir a casa. El cuadro era dantesco. Todo era un mar de lágrimas. Algunos lloraban por tristeza, otros por contagio o por miedo. Los niños peronistas, niños al fin, nos buscamos con la mirada para comprobar que llorábamos también. Creo que todos tuvimos la misma sensación de desamparo. La ráfaga feliz de la cual habíamos sido testigos en los últimos tiempos se había ido transformando en una brisa leve y finalmente desaparecía. Nosotros no llorábamos por la muerte de Perón, sino por la muerte de nuestra ilusión, que había sucedido antes. El duelo era por aquello, que aun no habíamos registrado del todo.
Mientras salía de la escuela entre el llanto popular, pensé que algo se terminaba. No podía imaginar todavía que lo nuevo, implicaría el ingreso al reino de las tinieblas, de lo irracional, de lo espantoso.
El fin del nuestro peronismo fue como un dolor iniciático, como un acto ritual que nos introducía en otra etapa, política y generacional: llegaban la bestial represión del estado y la adolescencia.
Por aquel tiempo y coincidiendo con la muerte de nuestro peronismo, debió haberse muerto también nuestra infancia, para dar paso a una fase superior.
Pero la adolescencia, como edad del espíritu crítico, etapa de comprensión participativa, evolución normal hacia la maduración de nuestras incipientes perspectivas, no se concretó, sino que fue más bien un período de hibernación, de reclusión, de aislamiento de la realidad.
Nosotros habíamos sido niños politizados tempranamente.
La dictadura cortó de un golpe nuestra natural evolución. A la hora de la comprensión política, no había absolutamente nada que comprender.
Y nos dedicamos a otra cosa. Fuimos adolescentes buenos, fuimos inocentes, fuimos algo distantes.
El corte violento implicó un cambio de escenario que nos desamparó obligándonos a adquirir nuevos usos y costumbres.
Durante el secundario, nuestra vida cambió completamente.
Con la llegada del “orden”, desapareció la situación de conflicto que nos habíamos acostumbrado a percibir, y con ella, nuestra forma de desenvolvernos, de expresarnos, de intervenir, de resolver las discusiones. Fuimos olvidando nuestros gestos y maneras para adquirir otros, más diplomáticos, menos sinceros.
En la escuela estaba bien vista la onda pseudo-intelectual. Había que ser “serio”, conversar mucho de temas de “la vida”, tener opinión (nunca política). Se nos habilitaba una franja de temáticas permitidas: música (no toda), vida espiritual (si toda), fútbol (a discreción), charlas “adolescentes” (a piaccere) y no mucho más. Pero todo monitoreado, controlado, realizado bajo vigilancia.
Nosotros no fuimos adolescentes; tuvimos una infancia larga que llegó hasta la mayoría de edad. Sufrimos un congelamiento evolutivo que nos trastocó una etapa.
Nos hacíamos más grandes pero no crecíamos, aunque las apariencias dijeran lo contrario, ya que seriedad y posición tomada era lo que se veía.
Pero nuestra seriedad era una pose ya que versaba sobre temas banales, era una postura exterior; por dentro estábamos bastante vacíos.
Tal como se esperaba, regalé señaladores con foto de amanecer y frase profunda, participé de cenáculos donde se daba por descontada la existencia de Dios, aunque a mi no me importaba si existía o no, y jugué al amigo invisible (ya no le diríamos al compañero nuestra opinión en la cara, abiertamente, ahora había que hacerlo por medio de un papelito, de manera clandestina, vergonzante).
Todo lo que oliera a cosa seria estaba bien, todo empezó a ser solemne (como taparrabos de lo superficial).
Los que habíamos sido peronistas, creyéndonos en minoría, metimos violín en bolsa y nos adaptarnos. Nos costó, pero también fuimos jóvenes ordenados, prolijos y huecos.
A nosotros se nos había mostrado, cuando niños, que el curso de la realidad podía ser modificado por la intervención popular, la lucha de los obreros, el debate de las ideas.
Lo que habíamos aprendido de chicos, en la adolescencia debíamos olvidarlo. Manejábamos unos saberes que no servían para nada, y, por tal motivo (falta de uso), los fuimos relegando, olvidando.
Así, los chicos que entre los once y doce años recibimos a Perón, a mediados de los setenta entramos en un letargo, en un estado de ensoñación.
Algunos despertaron abruptamente, con un fusil entre sus manos, en las islas Malvinas; otros no despertaron jamás.
Hace algunos días me encontré con MedioKilo Fernández, a quien hacía tiempo que no veía. Yo sabía que era dirigente sindical de
“Ahora el Gordo Espinosa le diría Media Tonelada”, pensé al verlo.
-Soy secretario gremial del sindicato y fui diputado provincial por el PJ- me dijo.
Estuvimos charlando un rato y me contó que vive en Mercedes, pero desempeña funciones en
De la conversación se desprendía que para MedioKilo la tarea sindical y política eran meras actividades lucrativas. Del pibe que yo había conocido no había rastros, y él se debe haber dado cuenta de que yo estaba pensando algo así.
-Che, ¿te acordás cuando desde el peronismo queríamos cambiar la realidad?- dijo dándome una fuerte palmada en la espalda - ¡Qué locura!
En fin. El bueno de MedioKilo había optado por la salida individual a costa de sus representados. Naturalmente, no lo atormentaba ninguna contradicción, podía hacer lo que hacía y seguir siendo peronista. Todo estaba en su lugar.
Me dio un abrazo pegajoso y desagradable, me saludó a los gritos y se perdió en el municipio.
Yo seguí caminando rumbo a mi casa. Crucé la plaza San Martín, tomé por la calle 27 y doblé en la 30. Mientras transitaba por el boulevard se me ocurrió escribir todas estas vivencias, para ver si hacerlo me ayudaba a comprender.
No hay comentarios:
Publicar un comentario