viernes, 4 de junio de 2010

La Negra

Fue en el verano del 97 en Villa Gesell, lugar en el que estaba pasando unos días de vacaciones junto a mi familia, que tuve el sueño más funesto y premonitorio de todos cuantos he tenido.

Durante el mismo, una mujer anciana me llamaba de forma afectuosa, recurrentemente por mi nombre.

Su rostro envuelto en sombras me hacía imposible identificarla, pero su aspecto general me resultaba familiar.

Su voz me era conocida. Podía entender que estaba hablando con quien tenía algún tipo de vínculo cercano, pero se dirigía a mí de un modo extraño, diferente.

En el sueño conversábamos y la conversación tenía, en ese momento no supe por qué, una curiosa cadencia de teatro griego.

El contenido de la charla era sencillo, no exento de cierta gracia, lo cual hacía que contrastara con el marco solemne que le daba su formato trágico.

El diálogo transcurrió así.

-No me reconoces.

Soy yo, la de canosa cabellera y cintura inexistente- me decía la mujer.

A lo cual yo respondía, conciente de que la conocía, pero sin poder identificarla con precisión.

– ¿Eres tu augur de la calle 38 esquina 15, la que sabe curar el empacho, tirar las cartas y el cuerito?

-Esa misma soy.

-La que sabe levantar quiniela clandestina y en más de una ocasión a tenido que tragarse papelitos comprometedores ante la llegada de alguna partida policial.

-Mmmh… Bueno… Si.

-Bienvenida ¡Oh, Negra Marinelli! al lugar de mi vacación. Tú, que agregas alegría a la vida de quienes te rodean – respondía yo vivamente emocionado, sabiéndome cercano a ella en el afecto, incluso identificándola por su nombre ahora, pero sin poder definir que tipo de relación nos unía.

-Y ¿por qué vienes a mi encuentro en estos festivos días?

-Enterada estoy de tu descanso en playas del Atlantis. He venido a tener contigo un diálogo, ya que se ha decidido que emprenda largo viaje.

Esta afirmación de la anciana me incomodó. No me animé a preguntar a que se refería. Intenté seguir conversando para llevar la charla a un terreno agradable.

-Es mi deseo que tu visita no transmita nefastas noticias. Contento estoy de tenerte entre nosotros cuando cuentas con más de ocho décadas desde que arribaste al mundo de los mortales.

¡Oh, Negra Marinelli, la de pies chancleteros! De tu boca desdentada manan pequeñas, pero muy sensatas verdades.

Apenas escolarizada, sueles decir bayonesa, alverja y quinela, pero tu poco apropiado uso del idioma no empaña tu sabiduría proverbial.

Recuerdo el día en que me enseñaste que la pintura de tomate que trae la pre-pizza, no es útil como salsa. “Es apenas un indicador para saber cual es la parte de arriba del alimento”, me dijiste.

Eres mujer sabia en tu simpleza, y multifacética.

Como olvidar tu diminuta cocina con sus sillas de paja toda rota, rotura disimulada con esponjoso almohadón. Y la mesada siempre llena de ollas y platos sucios, los cuales ibas lavando a medida que se iba haciendo necesaria su utilización.

Recuerdo que cuando niño solías sentarte cerca de la verja exterior de tu casa, a tejer crochet y todas las personas que pasaban (infinidad de gente transitaba por tu puerta) te saludaban, muchas veces sin ver si estabas allí, solo suponiéndolo.

-“¡Chau Negra!”

-“¡Chaaaaaau querida!”- respondías tu sin mirar a quién.

En crucial lugar esta enclavada tu morada, ya que desde tu sillón de patio, puedes otear a voluntad a través de la verja y tener el control de movimientos de las personas que se mueven por tu área, lugar de tránsito entre tu barrio y el trocha, por el paso a nivel de tu calle 15.

Te recuerdo también conversando animadamente, verja de por medio, con vecinos diversos, incluso con integrantes de la trouppe del croto calesita, hacia quienes parecías tener afecto especial.

¿Cómo olvidar tu pintoresquismo, casi excéntrico, a tal punto que en vez de un perro atado con cadena, contabas con un mono en esa condición, que deambulaba por tu patio, tanto como se lo permitía su sostén?

Recuerdo con simpatía sincera el día en que logró escapar de su cautiverio y penetrando por la noche en el mercado de 15 y 17, se alzó con gran parte de la mercadería con que contaba el frutero del lugar, y que con sumo esfuerzo te viste compelida a reponer.

Eres piedra basal de mi niñez perdida. Así de conocida por todos tu figura, así de sociable y abierta.

A tu humilde vivienda todas las gentes entraban sin golpear, Negra Marinelli, dueña del único teléfono de tu barrio tan pobre, y de una de las pocas planchas existentes.

El camino entre mi casa y el lugar que aún habitas, cientos de veces transitado por mi paso ágil, ha sido en mi niñez lejana, sendero de felicidad. Tus calles sin asfaltar, con sus zanjas y los puentecitos de loza que unían la vereda con la tierra, no existen más, pero estarán grabados en mi memoria por siempre.

Llegar a tu esquina de 15 y 38 era como llegar al lugar del maná, ya que a pesar de tu decorosa sencillez, me colmabas de monedas para comprar golosinas en el kiosco de Margarita, otra vieja bruja vecina compañera tuya, junto a otras varias, en el juego de canasta.

Tan solo un pequeño sacrificio me exigías, una especie de peaje que consistía en que pensara que número podría salir ese día en la vespertina Nacional o la nocturna de Montevideo. Y si el número proporcionado por mis maquinaciones era premiado a la cabeza, eras capaz de llenarme de monedas en excepcional cantidad.

¡Oh Negra Marinelli, hija de Juana y de Máximo, la de desprendimiento infinito y profunda solidaridad!

Persuadido estoy que si hubieras alcanzado a comprender los insondables vericuetos de la realidad mundial, estarías a favor de la exprpropiación de los medios de producción, y su puesta en manos de la clase proletaria, que duda cabe.

En tu bondad primitiva, he observado cuando niño, rechazabas la posibilidad de que algo fuera solamente tuyo. No podías resistir el impulso de compartir y de entregar, yo lo recuerdo.

No creo que estuvieras en contra de la privada propiedad; simplemente desconocías olímpicamente su existencia.

-Se quejaban de mí por esa característica que tan bien has señalado, Secundino Marinelli, mi esposo y también mis hijos, sangre de mi sangre, quienes me han llenado de oprobio por ello.

“No puede ser que para hablar por tu teléfono tengas que hacer cola en tu propia casa”.

“No podés ponerte la ropa arrugada por el solo hecho de que no te devolvieron la plancha”.

“Has prestado tantas tacitas de azúcar, que ya suman este mes los siete kilos”.

“Le regalás la jubilación a los crotos para que se compren vino”, solían recriminarme.

Mi sensibilidad extrema me hace mujer especial. Sé que muchas veces la hambruna cruel ha llegado a mi humilde mesa. Sé que en ocasiones, más de una, nos ha faltado el pan, pero ¡Oh, dioses, que puedo hacer si la necesidad ajena me resulta imposible de soportar! ¿Cuál es la diferencia entre mi hambre y el hambre del croto calesita, pobrecito?

Si la jubilación me alcanza tan solo para cuatro días del mes, los dioses, a través de cabalísticos números, proveerán.

-Al respecto, ¡Oh, Negra Marinelli! quiero aprovechar tu visita para que resuelvas algunas contradicciones que siempre he apreciado respecto de tu amor por el juego de la quiniela y el hecho de que levantes. ¿No es contradictorio en los juegos de azar estar en ambos lados del mostrado? ¿No es inconveniente?

Y por otro lado, el don de que los dioses te han dotado de poder dar augurios, adivinar el porvenir ¿nunca te fue útil a la hora de saber cual sería el número agraciado en el próximo sorteo? Me he preguntado siempre ¿no sirve tu poder adivinatorio a los efectos de alzarte con el gordo navideño, por ejemplo, y así dejar de molestarme a mi, preguntándome cual será el número de la suerte en el sorteo del día?

-Respondiendo a tu primer interrogante, hijo mío, te diré que el que atiendo es especial mostrador. No es una bombonería, no vendo artículos que puedan provocar saciedad ante el consumo desmedido. Vendo la ilusión y la esperanza condensadas en numérico símbolo. La tentación de los bombones se termina con su deglutimiento excesivo, en cambio la posibilidad de salir de pobre con la quiniela es ínfima, el consumo de números hasta encontrar el agraciado puede durar toda la vida.

Al novel empleado de Bonafide lo atoran de chocolates hasta que no quiere más. De esa forma se garantizan que no coma en el trabajo. En mi caso el consumo de números no sacia el gusto por ellos sino que lo potencia. Yo no puedo evitar seguir jugando ya que en mi negocio el método Bonafide no sirve, no me corta las ganas ¿me comprendes?

-Más o menos- respondí yo, sin captar del todo el sentido la comparación entre número y bombón.

-Y respecto de la segunda cuestión, debo reconocer que no soy adivina, soy mentirosa. No lo divulgues.

Cuando la Negra Marinelli terminó de decir esto pude ver su rostro por primera vez en todo el sueño y así la identifique completamente. Sin embargo su cara, de expresión serena, era la de la mujer pálida de ojos rasgados que había sido cuando joven, y que había visto solo en fotografías, no la de la anciana que yo conocía.

Pero sus ojos, casi orientales, no tenían vida, estaban ciegos, me miraban sin poder percibirme.

De pronto cambió violentamente la expresión, un miedo profundo pareció apoderarse de ella. Luego comenzó a alejarse de mí, mientras nuevamente su rostro iba, poco a poco recuperando la paz, hasta que desapareció, no sin antes guiñarme un ojo. Yo sonreí y ella también. Después dejé de verla.

Cuando regresé de aquellas vacaciones en Villa Gessell me enteré de que en mi ausencia, mi abuela materna, Ángela Marinelli, quien siempre había sido para mí una especie de heroína clásica, había muerto.

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