viernes, 4 de junio de 2010

La Silvia

Había sonado el timbre para ir al recreo y en medio del alboroto por salir del aula, recibí la inesperada novedad: “La Silvia gusta de vos”, me dijo un compañero.

Yo no se por qué lo hizo.

Primero pensé que había pretendido hacerme un favor pasándome el dato. Pero más adelante, y a juzgar por cómo se desarrollaron los hechos, me incliné por la hipótesis de que había querido generar alguna situación entre la Silvia y yo que él pudiera disfrutar como espectador. Lo cierto es que con la noticia, puso la pelota en mi cancha.

“Estoy obligado a hacer algo”, pensé, “pero ¿qué?”

La Silvia era linda, no lo voy a negar. Y yo sospechaba, intuía, (en realidad íntimamente sabía) que gustaba de mí. Pero una cosa era que lo supiera yo, y otra que se enterara todo el mundo. A mi me alcanzaba con que la Silvia gustara de mí en silencio. Me bastaba con mandarla al kiosco y que me comprara golosinas, me conformaba con que me hiciera alguna carita condescendiente, en fin, con que se notara que gustaba de mí, pero nada más.

“¿Qué hago yo con el gusto de la Silvia?”, empecé a pensar.

Se hacía evidente que ese “la Silvia gusta de vos” clausuraba la etapa vivida hasta el momento con ella y daba paso a un período que implicaba un compromiso mayor. Había que entablar algún tipo de relación más seria, y a mí, en mis fantasías, se me ocurría toda una gama de formatos y ninguno me convencía (desde invitarla a tomar un helado hasta pedirle matrimonio).

Pero todas las opciones incluían un paso al frente que debía dar yo, nunca ella. La Silvia había hecho lo suyo: había confesado su gusto y este estaba en boca de todos. Ahora me tocaba a mí.

Fue así que desde aquel momento, cada movimiento mío dentro del salón empezó a ser observado por decenas de ojos ansiosos a la espera de algún gesto mío, alguna palabra que tuviera relación con lo que era vox populi. Cuarto grado ya no era solamente cuarto grado. Se había transformado en el escenario de un drama que debía dar inicio de un momento a otro, porque había un público expectante y exigente, que en poco tiempo se iba a empezar a impacientar.

En lo que a mí respecta, estaba empezando a perder la capacidad de actuar naturalmente. Me incomodaba ser el centro de atracción, al menos en esas cuestiones. El papel que se me había asignado me superaba ampliamente.

Para colmo la Silvia era desenvuelta, pispireta, no era una mujer de perfil bajo. Se notaba que ya pensaba y sentía como una chica más grande. Tenía diez pero parecía de trece. En cambio yo, que tenía nueve, no quería compromisos, me sentía joven aún, prefería la calle, la tele, las figuritas.

Dada la situación, me pareció atinado iniciar una ronda de consultas con mis amigos más selectos.

“Las mujeres son así, seguro que la bola la debe haber echado a correr la propia Silvia, para que todos se enteraran y vos tuvieras que intervenir”

“Acá lo único que no podés hacer es no hacer nada. Si no actuás vas a quedar como un pavo, como mínimo, o van a decir que no te gustan las mujeres, lo cual es peor. Todo el mundo está esperando que hagas algo”

Las recomendaciones fueron diversas, pero se las podría circunscribir a dos tipos: las de facto y las más institucionales. Las primeras contenían acciones relámpago, tales como llevarla a algún lugar solitario y oscuro, tratar de arrinconarla contra una pared o árbol y, de callado, darle un beso. Las otras incluían una visita a la casa y una declaración formal.

Las del primer tipo fueron descartadas por mí. Tenía terror de que la Silvia reaccionara mal y se provocara un incidente que después comentaran todos.

Se decidió entonces trabajar sobre las formales.

“¿Y qué le declaro?”, pregunté.

“Que la querés”, se me respondió.

“Pero yo no la quiero”, aseguré.

“Bueno, que te gusta”, se me indicó.

“Tanto no me gusta”, afirmé.

“Mirá. La cosa es así. Te guste la Silvia o no te guste, vos la tenés que encarar igual” se me recomendó imperativamente.

“¿Y por qué?”, pregunté.

“Porque ella gusta de vos y lo sabe todo el mundo. Vos sos un hombre y tenés que actuar como hombre”.

Yo no le hubiera dicho nada a la Silvia. Ni siquiera hubiera perdido tanto tiempo tocando el tema. Yo me hubiera ido a jugar en vez de estar hablando de esas cuestiones.

Pero comprendí que no tenía escapatoria. Mis mejores amigos privilegiaban mi imagen a mis gustos y sentimientos. Estaba solo con mi alma.

Así las cosas, se resolvió que el viernes, a la salida de la escuela acompañara a la Silvia hasta su casa y que, con la excusa de hacer la tarea, le hablara (el discurso se me dejaba prepararlo a mí).

Ese día tome coraje y me preparé para llevar adelante el plan.

Tocó el último timbre y, luego del acto de bandera me dispuse a acercarme a la Silvia.

Estaba muerto de miedo.

Temblando como una hoja, había emprendido camino hacia ella, cuando escuché que aquel compañero, el que me había indicado el gusto de la Silvia, le comentaba algo a otro.

La Silvia gusta de vos”, le dijo.

Yo, que ya estaba lanzado hacia ella, sentí que abruptamente el alma me había entrado en el cuerpo nuevamente, pero, imposibilitado para tomar cualquier actitud diferente de la programada, y con la Silvia mirándome de frente como esperando que le dijera para que había ido hasta allí, con una sonrisa medio idiota de oreja a oreja en la cara, solo atiné a pronunciar un “nos vemos el lunes”.

La Silvia se me quedó mirando sin entender nada.

Después torcí el rumbo y corrí hasta mi casa.

Esa tarde jugué al fútbol. Contento y aliviado, disfruté el partido como un preso al que acababan de liberar.

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