La vereda y el zanjón
Cuando a los diez u once años decíamos barrio, a principios de los años setenta, no estábamos haciendo alusión a un concepto geográfico, espacial.
El barrio estaba dado por una fisonomía de características más bien espirituales, no urbanísticas.
No era un agrupamiento de manzanas y calles lo que lo definía, sino un paisaje de chicos, sus caras, sus risas, sus voces.
Así, los pibes que jugaban en nuestra zona, le daban identidad, carácter propio al lugar, demarcando el barrio más allá de que hubiera coincidencia o no con lo que decía el plano municipal.
Mi barrio, el que tenía por eje vertebrador la calle 23, desde el club Gimnasia hacia el norte, en el pueblo de Mercedes, debió extenderse solo hasta la estación del ferrocarril Belgrano en la avenida 40, según lo indicaba la cartografía de la época.
Esa calle era el límite que aparecía en el mapa.
Siempre ateniéndonos a un concepto jurisdiccional, para el otro lado de las vías estaba el barrio Trocha, otro barrio.
La caracterización que hacían los de
Pero nosotros ignorábamos el concepto espacial que se nos pretendía aplicar.
Estábamos convencidos de que el epicentro de nuestro barrio era la canchita de la calle 40, el límite exacto entre Trocha y Gimnasia, y que, por lo tanto, nuestro distrito se extendía varias cuadras a ambos lados de la estación.
La única diferencia que hubiéramos podido aceptar era de carácter futbolístico: Trocha y Gimnasia no eran dos barrios, eran tan solo dos equipos de fútbol del mismo barrio, el nuestro, el que nos habíamos inventado.
Algunos chicos (yo por ejemplo), éramos hinchas de Gimnasia; otros, como Juancito Fernández, eran de Trocha, pero no había otra separación entre nosotros por fuera de esa, que nos parecía pintoresca, folklórica, le daba color a nuestra amistad.
Durante mucho tiempo tuve la impresión de que las cosas más memorables de la historia humana habían sucedido allí, en ese rectángulo de césped de sesenta metros por veinte que estaba pegado a la estación de “
Varias décadas después, aun puedo sentir las risas, los gritos, apreciar el sol, tan protagonista de aquellas tardes, el olor de la zanja, la tibieza del pasto seco y el polvo que se levantaba cada vez que un auto hacía suspender momentáneamente el picado.
Por aquel tiempo, la avenida 40, desde
¨La 40¨, tal como le decíamos, era más que nuestro segundo hogar. Allí transcurrían sin prisa nuestras horas, mientras jugábamos un partido atrás de otro, hasta que el estado de agotamiento y la falta de luz nos devolvían a casa.
“¡Hoy a la 40!”, corría la voz alguien en el acto de bandera del turno tarde de
Nuestro territorio específico, era el segmento ubicado frente a la estación. Y respecto de él, creíamos tener sólidos derechos adquiridos, derechos que daban la ocupación y el usufructo.
Allí jugábamos de local. Conocíamos cada pozo, cada mata, cada desnivel. Allí organizábamos desafíos contra chicos de otros barrios.
Allí, lo comprendo hoy, éramos felices.
Según la escala de la naturaleza ideada por Aristóteles, hace muchísimo tiempo, las plantas tienen alma vegetativa, y sus funciones son: alimentación, crecimiento y reproducción.
Es importante aclarar, que el término alma, para los griegos, no tenía el mismo significado que para nosotros, sino que designaba la forma de un ser vivo, es decir, el principio que le imprime vida a ese ser.
De acuerdo con esta definición racionalista, no debería ningún árbol individual, por poseer tan solo alma vegetativa, presentar características especiales para el alma humana, motivar emociones, dictar pensamientos, ya que no está en su esencia poder hacerlo.
Sin embargo, hay, en un lugar de Mercedes, un árbol en especial, uno solo, cuya presencia me sugiere sensaciones que yo solamente, o quizás alguna otra persona de mi edad, puedo apreciar.
El árbol en cuestión, un palo borracho, apareció un día cualquiera, de la noche a la mañana, como por arte de magia en medio de la canchita de la 40.
Sucedió una tarde de primavera.
Nos dirigíamos a jugar un partido de fútbol informal, tal como lo hacíamos casi a diario y al llegar a la cancha, pudimos observar pasmados que el paisaje que estábamos acostumbrados a ver había sido modificado de manera tajante: exactamente en el medio de la cancha había una planta.
La sensación fue la de religiosos que ven profanado su lugar sagrado. Lo mirábamos incrédulos mientras girábamos a su alrededor maldiciendo al vegetal y al anónimo autor del sacrilegio.
-Es un palo borracho- dijo el gordo Espinosa, todavía boquiabierto.
-¿Pero quien carajo pudo haber puesto una planta en un lugar así?- se quejó Juancito – ¿No se nota que acá se juega al fútbol?
El lugar era poco convencional. Más cerca de la zanja, alineado con la hilera de árboles, no hubiera desentonado. Pero éste ejemplar había sido plantado cerca de los mojones que separaban la calle del césped. Completamente aislado.
-Esto lo hizo un boludo o alguien con mala intención- dijo el gordo que, por ser más grande, solía proporcionarnos reflexiones más agudas.
Nos quedamos esperando el sabio aporte que venía después de que el gordo usaba ese tono de casi adulto. El gordo era tres o cuatro años mayor que la mayoría de nosotros. Jugando eso no se notaba. Pero a veces, en la charla, se hacía evidente la diferencia. Sus opiniones eran verdaderas sentencias rara vez desacatadas, más por convencimiento que por obligación, ya que todos le profesábamos respeto y lo admirábamos un poco.
-Está muy claro que esto es una canchita. No tiene arcos, pero el pasto gastado en los extremos señala, incluso, su dimensión- dijo el gordo mientras todos asentíamos.
–Unos pocos metros más allá- señaló estirando la mano hacia uno de los hipotéticos arcos- la planta no hubiera molestado.
-Claro. Eligieron ponerla dentro de la cancha- exclamó Juancito – ¡Alguien nos quiere joder!- remató.
-Pero ¿quién? Y ¿por qué?- nos preguntábamos a los gritos.
-Chicos, esto lo hizo alguien del barrio. No tendría sentido que una persona compre un árbol así de raro para venir a plantarlo lejos de su casa- empezó a esclarecer el gordo
–Repito: acá hay dos posibilidades. El tipo lo plantó sin darse cuenta que nos iba a molestar o lo hizo a propósito. En el primer caso habría que ubicarlo y hablar con él para que lo corra...- estaba diciendo el gordo.
-Pero no es ese el caso- sentenció una voz grave y adulta a nuestras espaldas.
Al darnos vuelta vimos acercarse al Colorado.
El Colorado era un tipo que vivía justo enfrente de la cancha, calle 40 de por medio. Hombre de muy pocas pulgas que nunca nos había caído simpático. En la discusión no reparamos que nos había estado escuchando desde la puerta de su casa.
-Muy inteligentes sus deducciones- afirmó sonriente.
-Al árbol lo planté yo, pero de ahí no se mueve- dijo de forma terminante.
-¿Pero por qué acá y no fuera de la canchita, señor Colorado?- pregunto el Feto Monsalvo, con la voz temblorosa.
-Mirá pibe, yo no me volví amante de la naturaleza de repente. Este árbol viene a cumplir una función adentro, y no afuera ¿adivinen cuál?- inquirió el Colorado de una manera tan cínica que me pareció en ese momento la encarnación de la maldad.
-Usted no quiere que juguemos, pero ¿que le hicimos nosotros?- pregunté con los ojos llenos de lágrimas.
-No se pongan así- dijo el Colorado fingiendo condolerse.
-Hay otros lugares donde jugar- y pasó a explicar la razón de la presencia de la planta.
-Ustedes son muy bocasucias y yo tengo dos hijas que no tienen porqué estar escuchando malas palabras todo el día. La 40 es larga. Se corren lejos de mi casa y se acabó el problema.
De esta manera el Colorado dio por terminada la discusión y se alejó con paso lento y satisfecho.
Yo no podía creer que alguien se hubiera tomado semejante trabajo por tan poca cosa. ¡Qué maquiavelismo! ¡Qué capacidad creativa al servicio de un objetivo tan módico! ¡Qué psicología tan tortuosa! No hubiera sido más fácil hablar con nosotros antes de semejante despliegue de recursos. ¿Qué le pasaba a este hombre?
-¡Vamos a arrancárselo!- exclamó Juancito lleno de bronca.
-Todavía la tierra está blanda, lo empujamos, lo tiramos y lo arrastramos a un costado.
Yo asentí, pero como el gordo no mostró entusiasmo, todos empezamos a mirarlo esperando su opinión.
-Muchachos, me parece que esta la perdimos. El Colorado sabe que nosotros estamos al tanto de que lo plantó él. Si se lo arrancamos nos lo vamos a tener que aguantar, y es un tipo jodido- intentó desalentarnos.
-¡Nooo! ¡El tipo no puede hacer lo que quiere! Yo traigo una soga y un serrucho. Lo volteamos y después lo hacemos leña- exclamó Juancito con una mezcla de entusiasmo y furia.
-Yo creo que tiene razón. El árbol está recién puesto. Casi nadie lo ha visto todavía. Lo sacamos esta noche y mañana el único sorprendido va a ser el Colorado- acompañó el feto Monsalvo.
-Claro. Además no es una planta que haya puesto el municipio; no sería un delito sacarla. ¡Sería un acto de justicia!- exclamó a los gritos Juancito intentando convencer a los demás.
El debate fue arduo. Pero a pesar de los esfuerzos de varios (principalmente los de Juancito) por predominar en la improvisada asamblea, no pudimos imponernos al peso de los argumentos del gordo. No porque estos fueran superiores, sino por la autoridad que este tenía sobre la mayoría de los chicos. Finalmente se decidió dejar la planta donde estaba.
Fue así que, con la derrota a cuestas, nos fuimos a casa, algunos convencidos de que la decisión tomada era un error, pero respetuosos de ella, masticando la impotencia y conteniendo el llanto.
Esa noche no pude dormir. La sensación de injusticia no me dejaba. La 40 era algo más que nuestro lugar de juegos. Allí nadie nos limitaba en ningún sentido. Yo, por ejemplo, nunca había dicho una mala palabra en mi casa. Pero en la canchita nadie me lo podía prohibir. Allí la mirada vigilante de mi mamá no podía llegar. Y este tipo venía a querer transformar ese espacio de todos, en la prolongación del patio de su casa. Con el árbol quería quitarnos nuestro territorio, para transformarlo en un jardín liberado de voces populares que dañaran los oídos sonrosados de sus niñas.
Luego de mucho pensar y dar mil vueltas en la cama, llegué a la conclusión de que no debíamos retirarnos, para que no se saliera con la suya.
Al otro día nos encontramos, como siempre, en la 40. Y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, empezamos a jugar al fútbol ignorando lo sucedido. Parecía que todos hubiéramos llegado a la misma conclusión: ese era nuestro lugar y de allí no nos íbamos. Así fue que achicamos la canchita y empezamos a usar el árbol de arco.
Al cabo de unos partidos, el palo borracho empezó a formar parte del paisaje. Daba la impresión que siempre había estado allí. Con el tiempo la planta pareció solidarizarse y empezó a deslizar una rama paralela al piso, a menos de dos metros del suelo, que hacía las veces de travesaño. Incluso pasó a ser el lugar de concentración y charla después del partido ya que su volumen y su sombra lo hacían acogedor.
En algún sentido el cambio había resultado beneficioso: nos perfeccionamos en el juego en espacios reducidos y aguzamos el ingenio y la imaginación para realizar combinaciones de palabrotas nunca antes pronunciadas en la zona, cada vez que veíamos en la vereda a las inocentes hijas del Colorado. El pobre no tenía más remedio que llamarlas para adentro cuando presumía, al vernos, que iba a haber fútbol y groserías.
No obstante, lo que no pudo el Colorado con su árbol, lo pudo el progreso.
La 40 fue asfaltada y hoy es una linda avenida de doble mano con bulevar, que impide a cualquier niño jugar a la pelota.
Si algún día el lector pasa por Mercedes y se acerca a la estación de
Sin embargo, a un costado de la calle, lindando con el pavimento, cerquita de la estación, en una pequeña plaza llamada Julio C. Gioscio, como erguido testigo de un tiempo pasado y mejor, y gracias a que manos piadosas lo corrieron de lugar, podrá observar el mismo palo borracho de nuestra infancia, que se mantiene incólume. Aquel árbol que pretendió ser usado como herramienta para nuestra expulsión y terminó siendo un compañero.
¿Cómo pudo sobrevivir al traslado? Y ¿quién habrá sido su salvador? ¿el propio Colorado, que habiendo pagado por él lo consideraba suyo?
Como sea, a mi me parece que es una especie de señalamiento, un resto, un mojón de la infancia, un guiño que el pasado me hace, una prueba material de que todo lo vivido no fue un sueño, fue verdad.
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