Los crotos de la estación
La estación de
Sobre su lado posterior, en paralelo a la calle 42, hay una especie de corredor sin barandas de algo más de un metro de altura, que está pegado al edificio, al que se accede por una escalinata en su extremo. Esta especie de puente recorre el galpón de una punta a la otra. Es un sendero sostenido por pilares que se levantan, más o menos cada dos metros de distancia.
Los pilares y el propio galpón hacían las veces de paredes y el corredor era el techo de los improvisados camarotes donde se acomodaban ellos: los crotos.
Los primeros calores de noviembre, los que traían a las moscas y a los heladeros, también traían a los crotos.
Llegaban como polizontes en trenes cargueros, nunca supimos de donde, y se iban concentrando en los alrededores de la estación para quedarse allí hasta el mes de abril, momento en el que se marchaban hasta la próxima primavera, casi verano.
No había entre ellos chicos ni mujeres. Eran todos hombres solos que parecían reunirse obedeciendo a una cita puntual, en el mismo lugar cada año, para improvisar un prolijo campamento, en un área que quedaba expuesta a la parte humilde del barrio, pero bien oculta por el galpón y la propia estación, de las miradas de los sectores medios que habitaban de este lado de la vía.
Fue MedioKilo quien nos introdujo en el mundo de los crotos. Él los conocía bien, por razones geográficas y socioeconómicas: acampaban justo frente a su casa y compartían la misma condición, lo cual los hacía afines (solo que MedioKilo era sedentario).
Durante el tiempo en que convivían con el barrio, nos gustaba, a mis amigos y a mi, acercarnos a la estación para charlar con ellos.
Nunca les tuvimos miedo. Para nosotros eran como los integrantes del circo: trotamundos que nos contaban historias y nos hacían reír.
Creo que apreciábamos su libertad de movimientos. Nos subyugaba no saber de donde habían venido ni adonde irían cuando se fueran. Eran como mochileros pero no como nuestros amigos más grandes, que lo eran solo durante las vacaciones. Los crotos eran mochileros permanentes.
Vivían de tirar la manga y de la confección y venta de algunas herramientas que hoy ya no existen, unos “limpiabombillas” que hacían ellos mismos con trozos de alambre y crines de caballo.
De todos los crotos que conocí, hubo uno en particular que merece un comentario.
Era un hombre con apariencia de viejo, que en realidad tendría alrededor de cuarenta y cinco años. Su aspecto era como el de todos los demás. Tenía, el pelo bastante largo, le faltaban varias piezas dentarias, usaba barba y su ropa andrajosa había perdido completamente el color original. Solía caminar portando un palo de escoba que usaba para sostener una vieja bolsa de almacén sobre el hombro. En fin, lucía como un croto.
Sus compañeros lo llamaban Calesita en alusión a los circunloquios que daba para hablar.
Calesita era, evidentemente, el líder del grupo. Había una diferencia abismal entre él y el resto de sus compañeros.
Era una persona muy culta. Podía hablar de política internacional, filosofía, literatura aunque también de fútbol. Para él no había tema grande ni pequeño. Le ponía la misma seriedad e interés a todos.
Más de una vez he ido hasta la estación para que me explicara algún contenido de la escuela. ¡Yo le entendía más a él que a la maestra!
¿Quién era o quien había sido realmente calesita? ¿Por qué dormía a la intemperie y vivía de la limosna?
Calesita jamás respondió preguntas sobre su pasado.
-Yo soy un croto conciente, por elección. No caí en desgracia, no añoro ni pretendo otra vida. Vivo como quiero- respondía cada vez que alguien quería saber sobre su vida anterior.
Entre los crotos, todos le debían a él sus apodos. Y todos los apodos, dado que Calesita era un croto ilustrado, tenían que ver con grandes pensadores de la humanidad.
“A este le decimos Voltaire, por sus actitudes anticlericales”.
“Este es Carlos Marx, por su sensibilidad social”.
“A este le llamamos Empédocles, por su respeto por los elementos naturales”.
Nosotros les habíamos empezado a llamar los “filósofos”.
Había uno cuyo aspecto era en algo diferente: no usaba barba y su vestimenta, aunque denotaba su miseria, estaba un poco más ordenada.
A este, en aquel momento no percibí por que razón, le llamaban Mónica.
Mónica era el único croto que, no se cómo ni en que lugar, pero evidentemente de vez en cuando se aseaba; los demás no se bañaban jamás.
“Hacemos caso solo a la primer parte del apotegma de Heráclito, aquel que dijera: nunca nos bañamos en el mismo río. Nosotros, en rigor de verdad, nunca nos bañamos”, solían repetir risueños.
Nuestra vida en la 40, tenía un condimento especial entre noviembre y abril; la presencia del grupo de calesita, increíblemente, le otorgaba una especie de vuelo intelectual, le aportaba respuestas, muchas veces exóticas, pero siempre inteligentes, a nuestras preguntas de niños.
Durante este período del año ellos estaban ahí, participando de nuestras vidas.
Cuando jugábamos al fútbol, por ejemplo (principalmente cuando lo hacíamos contra algún otro equipo), los crotos de la estación eran nuestra hinchada. Eran poco convencionales, cierto, pero se tomaban tan en serio el asunto del aliento, que transformaban el evento en un espectáculo bastante poco usual. Sin dudas resultaría patético para el transeúnte ocasional, ver a estas personas grandes, con rostros adustos, emitiendo cánticos destemplados, arrojando papelitos mientras trastabillaban y caían al suelo.
Nuestros rivales más frecuentes eran los “Bochines”, unos chicos buenos que habitaban el barrio Lapenta, detrás de la calle 17.
Por su zona, la calle 40 no tenía canteros, por lo tanto no podían jugar de local, razón por la cual solían venir a jugar a nuestra cancha.
Nosotros no teníamos problemas con ellos. En realidad esperábamos ansiosos su llegada, porque cada vez que venían salía un partido por
Jugamos infinidad de veces y siempre perdieron.
Nunca nos peleamos. Nunca discutieron nada. Siempre pagaron
Los “Bochines”, repito, eran muy buenos, como personas. Jugando al fútbol eran de terror.
Los partidos contra ellos casi siempre eran con hinchada. El aliento de nuestros crotos era permanente, sostenido, aunque muchas veces, apenas balbuceado (siendo bastante incomprensible al oído, por tanto). Pero a la hora de los goles, y contra los “Bochines” los goles solían ser muchos, se redoblaban los gritos, había saltos, corridas, abrazos, rodadas, invasión de campo. La impresión para algún observador casual, debería ser bastante grotesca: una caterva andrajosa y miserable dando alaridos propios del estado de ebriedad en que se encontraban, corriendo como alienados, en busca de nuestro abrazo, del cual generalmente huíamos.
En más de una ocasión, luego de algún festejo, hemos tenido que arrastrar a algún croto que había quedado tirado con pérdida de conocimiento por el esfuerzo realizado y por el alcohol consumido (generalmente Empédocles, cuyo apodo, empecé a suponer, tenía otras motivaciones que las declaradas por Calesita) fuera de los límites del campo, para que el cotejo pudiera continuar.
-No perdamos la elegancia, camaradas- solía recriminarles Calesita, quien participaba, pero de manera poco entusiasta del evento deportivo.
Aún así, era hermoso jugar con hinchada. El sueño de cualquier chico.
Al terminar cada encuentro brindábamos todos juntos. Nosotros con
¿Por qué razón los “Bochines” volvían siempre al lugar de sus derrotas?
¿Tan solo porque no tenían cancha propia?
¿Porque guardaban la esperanza de poder ganarnos alguna vez?
Quizás su cometido haya sido superior.
Según la concepción de Calesita, los Bochines tenían una función que cumplir en nuestras vidas. Ellos venían a darnos una recurrente lección de nobleza.
Y quizás fuera cierto que tan solo venían a perder y a cumplir con la palabra empeñada.
Para nosotros
Calesita decía que el sabor que se llevaban ellos era superior; se iban con la tranquilidad de conciencia y sensación del deber cumplido.
Una tarde-noche, después de un partido contra los Bochines, nos acercamos como tantas otras veces, al campamento de los crotos y nos recostamos alrededor del fogón a participar de la conversación.
En esa ocasión el croto calesita, muy alegre, quizás con algún vino encima, y aprovechando el gran auditorio, se decidió a desarrollar lo que podría definirse como su “pensamiento vivo”.
Todo empezó con una pregunta de medio kilo
-¿Porqué vivimos así? Bueno cada uno de nosotros tendrá sus motivaciones. Para explicarles las mías tendrán que oír un largo y complicado relato. Espero que lo entiendan.
Esa tarde calesita emitió lo que él mismo presentó como su “teoría de las actitudes testimoniales”, según la cual “la historia humana no es otra cosa que un largo drama jalonado por el comportamiento heroico de algunas personas superiores que se ofrecen cómo mártires para dejar testimonio al resto de los mortales, y sobre todo a las generaciones posteriores, respecto de cómo vivir con dignidad. La vida de éstos mártires nos señala el camino”.
Yo no sabía si era una producción original, pero me lo pareció, ya que jamás había oído hablar de ese tema.
-Hubo una vez un señor que vivió en Atenas en el quinto siglo antes de nuestra era, que se llamaba Sócrates. Este hombre era maestro. Algunos sectores de la sociedad de su tiempo desaprobaban sus enseñanzas y fue condenado a retractarse o morir. Como Sócrates no se desdijo, murió. Más adelante vivió en Judea un joven, a este lo conocerán seguramente, que se llamaba Jesús, quién fue también condenado a morir y aceptó hacerlo sin chistar. Podría seguir mencionando casos similares en los cuales los protagonistas eligieron comprometerse con sus concepciones hasta las últimas consecuencias, y ante la posibilidad de la muerte, no dudaron. El más reciente es el del Che Guevara quién según sus características de clase no tenía ninguna obligación de empuñar un fusil y hacer suya una causa que, por cuestiones de cuna, le hubiera resultado ajena.
A ver Empédocles, ¿por que razón alguien puede decidir llevar adelante sus principios hasta el extremo de morir por ellos?-
-¡Zzzzzz… Zzzzzz…!
-Bien, contesto yo. ¿Qué hubiera pasado si Sócrates hubiera optado por no beber la cicuta? ¿si hubiera preferido vivir? Hubiera tirado por la borda toda una vida de enseñanzas, todo lo dicho anteriormente por él hubiera sido muy poco creíble. Imaginen a éste Sócrates renegando de sus verdades, nadie hubiera creído ya en lo que predicara. Pero, y esto es más importante aún, ¿que hubiera sido del desarrollo de la humanidad, al menos de aquella parte que llamamos “occidental”, sin su gesto altruista? ¿Cómo seríamos?
Y respecto de Jesús, ¿Qué hubiera pasado si, por ejemplo, una rebelión de los seguidores antiimperialistas de Barrabás se hubiera alzado y rescatado a los tres crucificados de ese día, como una forma de que Jesús no muriera por él? ¿Qué hubiera sucedido si Jesús hubiese reconocido como un error el haberse autoproclamado “rey de los judíos”, y pidiendo mil disculpas se hubiera retirado a su casa para dedicarse a manejar la carpintería de su papá?
Imaginen a Jesucristo jubilado, dando de comer a las palomas en la plazoleta Poncio Pilatos, de la ciudad de Jerusalén, muriendo de viejo. ¿Qué hubiera sucedido con la historia universal sin su pequeño gesto cristiano?
Y si Ernesto Guevara se hubiera dedicado a manejar los campos de la familia, obviamente estaría vivo, pero ¿a quién le importaría que lo estuviera?
¿Me van siguiendo?
-Para nada. Yo no entiendo un carajo- se animó a sincerarse medio kilo.
-Actitudes fundamentales de vida chicos, actitudes simbólicas sobre los cuales se ha construido la estructura de
A esta altura del relato del croto calesita, no solo dormía Empédocles sino el resto de los filósofos, incluso algunos de mis amigos, y yo comprendí cabalmente que su sobrenombre, sin ser el más elegante y culto, era, sin dudas, el más atinado.
Pero calesita insistió con su explicación: “Decía Jean Paul Sartre que al elegir nuestro comportamiento, estamos eligiendo el comportamiento humano, es decir, cuando elijo cómo actuar, elijo cómo quiero que los demás actúen”.
Calesita volvía a sugerirnos que su crotismo no era natural sino elegido a conciencia.
Y estaba reclamando actitudes de desprendimiento como la suya en todos los hombres. Pretendía que su renunciamiento a su vida anterior, sirviera al proceso histórico.
Pero ¿ante quién realizaba el sacrificio? ¿no éramos un auditorio demasiado pequeño? ¿no corría el riesgo su testimonio, en caso de que pudiera ser considerado de importancia, de pasar completamente desapercibido? Las “actitudes testimoniales” de los personajes que él memoraba se habían dado en circunstancias y lugares cruciales del drama humano. Y en los casos en los que esto no había sido así, habían sido ayudados por el proceso histórico y sus intrincadas situaciones (la explosión del cristianismo y el fin del imperio romano, son un ejemplo). Contarles su visión de la historia a un grupo de niños (los pocos que quedaban despiertos) al costado de un viejo galpón ferroviario ¿no era poco aporte al reconocimiento que pretendía de parte de la historia universal?
Para estos interrogantes calesita tenía respuestas.
-¿Acaso Jesús no nació en un maloliente pesebre? Si lo mío vale, los hombres, tarde o temprano lo van a reconocer.
Debíamos concluir que calesita se metía de lleno en el sub-mundo de la especie humana a los efectos de que alguien reconociera algún día su sacrificio, pero ¿cuál era su aporte?
¿dormir en el suelo?
-¡Vos estás loco calesita! ¡Volvete a tu casa y dejate de joder!- dijo Mediokilo, sintetizando el pensamiento de los despiertos.
- Porqué no te proletarizás. Entrá en una fábrica y contribuí a la revolución nacional que está llevando adelante el movimiento peronista. Con tu capacidad seguro que sos un líder sindical y lográs tu cometido trascendente y de paso hacés un aporte- agregó suelto de cuerpo.
Mediokilo debió haber tocado alguna fibra sensible en la humanidad del croto. Ya que calesita abandonó la postura pacífica, conciliadora y casi profética que le habíamos conocido y pareció transformarse en un hombre de los tiempos que estábamos viviendo.
-¡Los que están locos son ustedes! Lo que proponen es realmente pueril. El socialismo nacional no puede existir, es una pura contradicción. El socialismo es, por definición, internacional ¡Son tan elementales! Además no miden la situación política. ¿No se dan cuenta de que van a una derrota segura? Son todos unos muchachos muy valiosos, pero van por un callejón sin salida.
Ante nuestro asombro por su manifestación política, se sintió obligado a explicar.
-Vean amiguitos, yo reconozco la existencia de la lucha entre las clases sociales, pero he decidido no participar. Por supuesto que simpatizo con los intereses de la clase obrera y considero el socialismo como la solución para la humanidad, pero las organizaciones que hoy lo impulsan en
Yo me he desclasado concientemente, y tal condición me permite tomar equidistancia a la hora de reflexionar. Y así puedo decir lo que quiero. Analizar la realidad sin compromisos. Y yo creo que, más temprano que tarde, vamos hacia un abismo de oscuridad nunca antes visto por estas latitudes.
Con su reacción instintiva, visceral, calesita daba a entender que la verdadera interpretación que hacía del proceso histórico, era ésta; la de las “actitudes testimoniales” era una invención detrás de la cual el croto ocultaba, vaya a saber por qué, su auténtico pensamiento.
Pero, si tenía una posición política ¿por qué ésta no lo empujaba al compromiso? ¿Por qué la negaba? Para qué alguien podría querer interpretar la situación política, sino era para contribuir a su modificación (o su mantenimiento).
En algún sentido calesita nos había defraudado. No porque no fuera peronista, sino porque entendimos que su crotismo era el ropaje que había elegido para ocultarse de la realidad, para evitar asumir una postura, para no tener que vivir como pensaba. Pero ¿por qué escapaba? Vaya a saber. No creo que fuera solamente su convicción de que el futuro era negro. Creo que en su pasado había algo más. Nosotros concluimos, como era lógico concluir para chicos de aquel tiempo, que calesita era un quebrado o expulsado de alguna organización, o algo por el estilo.
Calesita no ingresó al olimpo del proceso histórico; al menos no hasta el día de hoy. Su sacrificio pequeño e intrascendente, su aporte mínimo no alcanzó a torcer los destinos de la humanidad (desde aquella noche se hizo evidente que tampoco lo pretendía).
Sin embargo su existencia no pasó desapercibida para nosotros.
Calesita proclamaba que había venido a dar testimonio (falso testimonio, según medio kilo), y si bien la humanidad no reconoció su actitud de desprendimiento, yo creo que si viviera estaría relativamente conforme con la vida que llevó: intentó ser solo un hombre libre, aunque, por aquel entonces, para nosotros no alcanzara.
Hoy, a la distancia, lo disculpamos.
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