viernes, 4 de junio de 2010

Niños peronistas

No tengo memoria de hecho político alguno anterior a mis diez años.

Ignoré completamente el cordobazo y hasta ese entonces confundía al Che Guevara con Robledo Puch, quienes según los medios de comunicación, eran dos sangrientos y equiparables criminales.

Mi información sobre la realidad se remitía a conocer el nombre de los presidentes de la época: Onganía, Levingston, Lanusse. Me acuerdo que éste último me generaba una simpatía especial por su aspecto de abuelo bueno y capaz de poner límites. Además compartíamos el mismo primer nombre y las mismas iniciales: AAL (este tipo de detalles para un niño suelen ser suficiente)

Fue su figura reiterada en la tele, leyendo discursos de manera recurrente, insistiendo con el término “institucionalización” (término de sentido incomprensible para mí), lo que me llevó a intuir que estaba ocurriendo algo importante en 1972.

Pero más allá de aquella palabra que tampoco el diccionario me explicaba, llamó mi atención una bravuconada que le escuché y me provocó cierta desilusión, porque me pareció poco adecuada para un presidente: “no le va a dar el cuero” dijo refiriéndose a alguien (no supe yo a quién).

A mi me pareció que se quería agarrar a trompadas, y no me gustó, situación que me llevó a poner en duda mi “lanussismo” original.

Además de este lejano recuerdo que pertenece a mi protohistoria política, me acuerdo también de un personaje de un programa cómico, que, en una parodia de un concurso de preguntas y respuestas, contestaba sobre “vida y obra” de alguien, a quién él, por causa de la censura, no podía mencionar por su nombre.

En mi casa, donde rara vez se hablaba de política, ese programa se miraba siempre.

“Tranquilo Pocho, no tengas chucho, que somos machos y somos muchos”, repetía Pedro Lineadura en la TV.

Yo no sabía quien era Pocho, pero recuerdo que me gustaba sentirme parte de los muchos machos que le hacían el aguante.

Fue así que antes de conocerlo por su nombre y apellido, yo sabía de la existencia del Pocho o el Hombre, según los apodos con los cuales Lineadura se veía obligado a mencionarlo, y en algún momento relacioné a aquel al que el cuero no le iba a dar, con el Superpibe y con el muñequito que se reía con toda la boca, inclinando levemente la cabeza y levantando los dos brazos hacia el cielo, que Pedro portaba siempre consigo. Cuando esto sucedió, creí empezar a entenderlo todo.

Así abandoné de forma definitiva mi simpatía inicial por Lanusse y me puse del lado del Superpibe, (¿como no hacerlo?), a quien con ese apelativo, seguramente el cuero le iba a dar de sobra.

Pero no fui el único que tomó esa determinación. Todos los chicos del barrio hicieron algo parecido, a excepción de uno, Juancito Fernández, quién era adepto desde el vientre materno.

Si. Todos fuimos peronistas.

Y a Mediokilo su peronismo anterior lo transformaba en caudillo, líder, medida de todas las cosas.

De todos nosotros, solamente él conocía al pie de la letra el dogma y la doctrina del movimiento. Solamente él manejaba completamente la historia secreta de la organización del 17 de octubre, los bombardeos gorilas a la plaza de Perón, las acciones realizadas por la resistencia peronista.

Solamente él podía entonar de punta a punta “Evita Capitana”.

Él y solo él, por lo tanto, era capaz de definir cuán peronistas éramos los demás, los recién llegados al movimiento, a quienes en un comienzo miraba con la desconfianza con la que miran los históricos a los conversos.

-Cuando en el 71 escribía con tiza “luche y vuelve” en el patio de la escuela y dos por tres me ponían en penitencia, nadie me defendía… y ahora resulta que somos todos peronistas- solía recriminarnos con ironía, pero satisfecho de saber que habíamos “recapacitado”.

Y fue esa desconfianza la que llevó a Mediokilo a impartir charlas doctrinarias, en las cuales sin ninguna sutileza, nos tomaba lección oral.

-¿Los muchachos peronistas?- preguntaba.

-¡¡¡¡Todos unidos triunfareeeeemos!!!!- respondíamos a voz en cuello.

-¿Tres banderas del movimiento?

-¡¡Justicia social, independencia económica, soberanía política!!

-¿Primero la patria…?

-…después el movimiento y después los hombres!!

-Bien. ¿Abanderada de los humildes y jefa espiritual del movimiento?

-¡¡María Estela Martínez, Isabelita!!

-No pelotudos, María Eva Duarte, Evita.

-¡Ah claro! Isabel vendría a ser como la primera escolta ¿no?

-Algo así.

Y era cierto. Mediokilo parecía haber nacido peronista. Sus conocimientos sin fisuras sobre verdades del justicialismo (conocimientos que antes había tenido que mantener reservados a la intimidad y que ahora podía ventilar libremente), eran sólidos y profundos. Los saberes de Juancito empalmaban con los tiempos y de alguna manera lo ponían en la cresta de la ola. Todos los demás lo intentábamos pero, nada que hacer, le íbamos en saga, irremediablemente.

Y obviamente, no solo este grupo de niños nos habíamos zambullido al peronismo con pasión. Una inmensa mayoría de la sociedad esperaba la vuelta del general con expectativa. Su regreso, a manera de pase mágico, resolvería todos los conflictos; traería de un saque la felicidad. Había un fervoroso convencimiento de que luego de su retorno inevitable, y con él como presidente, la Argentina iba a ser el paraíso. Un lugar en el que vivir, iba a empezar a ser un placer.

En nuestra adhesión ciega e irreflexiva al movimiento, ignorábamos que estaba en su etapa de declinación. Por ese entonces suponíamos que Perón era el líder que vendría a dirigir el proceso revolucionario en curso, no a abortarlo. Veíamos su retorno como un triunfo del pueblo movilizado. Estábamos convencidos de que con su regreso se repetiría, como calcada, la primer etapa justicialista, volvería en su esplendor la época de oro, aquella de la que tanto nos habían hablado. (No estaba Eva Perón, lo teníamos claro, no había nada que hacer al respecto, y aprendimos pronto que Isabel no podría reemplazarla, pero teníamos a Tita Merello que nos la recordaba, con sus formas reas y su peronismo de piel. Tita era nuestra Evita, porque era una peronista de las de antes y porque nosotros la veíamos parecida, no en lo vieja y fea, si en lo franca, directa y popular).

La historia se repetiría, sí, todavía no sabíamos que esta vez, como comedia trágica.

-Murió Don Pepe, el de la carnicería. En el barrio hay un gorila menos. Es zona liberada- concluyó una tarde Juancito al enterarse del deceso del carnicero del barrio.

Por aquel entonces, reflexiones de este tipo eran moneda corriente.

A nosotros nos parecía que un compromiso político tan profundo como el que teníamos merecía algún tipo de reconocimiento. Queríamos formar parte del movimiento de una manera más institucional. Fue así que a fines de 1973 enviamos una carta al mismísimo general Perón con el objeto de “acercarle una idea que esperamos sea de su agrado y confiamos, de utilidad para el movimiento que creemos integrar, aunque dadas las circunstancias, integramos solamente de hecho”.

En la misiva le pedíamos al presidente que tuviera a bien implementar la creación la rama que le faltaba al justicialismo: los “Niños Peronistas” o “Rama Infantil del Movimiento Peronista” (RIM).

En realidad la organización infantil justicialista ya existía y venía actuando; nosotros queríamos que se la reconociera desde las estructuras del partido.

Ya habíamos realizado algunos operativos menores como volanteo en las escuelas y alguna que otra pintada por el retorno del general. Nosotros aprovechábamos nuestro aspecto de niños inocentes (contábamos con no más de diez u once años), para realizar actividades respecto de las cuales no íbamos a despertar sospechas, en la etapa de proscripción.

En 1973, la campaña electoral para llevar a Hector J. Cámpora a la presidencia nos encontró activando de forma visible y pública. Los mercedinos que hayan concurrido al acto proselitista que tuvo al tío como orador principal, desde el balcón de la esquina de calles 20 y 27, quizás recuerden que entre las pocas personas que compartían el palco con Cámpora había un niño morochito, al que le colgaban mocos, que de vez en cuando arengaba a la multitud agitando vivamente sus bracitos: ese era Mediokilo, que como delegado de la RIM y gracias a gestiones de la JP, había logrado hablar con nuestro candidato y se le había permitido el acceso.

También tuvimos participación en el intento de sabotaje al acto que realizara Ricardo Balbín en 24 y 25. Bautizamos la actividad como “Operativo sabotaje para el triunfo popular”. Al Chino lo habían puesto en un palco chiquito, tanto que nos permitió llegar hasta él y tocarle las piernas. Mientras yo le tironeaba los pantalones para tratar de desconcentrarlo, Mediokilo desenchufaba cables para cortarle el sonido. El tipo no podía evitar mirar para abajo y dar patadas al aire para sacarme. Durante un rato el acto pareció fracasar, porque el Chino no daba pié con bola en su discurso, hasta que nos detectó la seguridad y nos echaron a todos.

Creíamos que todas estas operaciones realizadas, nos hacían merecedores sobrados del lugar que estábamos reclamando en el partido.

Sin embargo, no.

Unos veinte días más tarde de haber enviado la carta a Perón, nos fue contestada.

Desde la Presidencia de la Nación se nos mandaron 14 camisetas de fútbol y un buzo de arquero, agradeciéndonos la inquietud y explicándonos que el presidente nos consideraba parte del movimiento, pero que la tarea de un buen niño peronista no era la militancia política sino estudiar y hacer deporte.

¡Nos mandaban a jugar y a hacer la tarea!

A pesar de que la carta estaba firmada por el general, siempre se sospechó una falsificación. No se entendía que el genio de Perón pudiera dejar pasar una idea semejante.

-Muchachos, es evidente que la carta fue filtrada por el “entorno” – se dedujo.

-Sin dudas fue un error rubricarla “Perón, Evita, la patria socialista”- se elaboró como conclusión.

Algunos alcanzamos a sugerir que podía haber sido el propio Perón el que se hubiera negado a nuestra idea, pero la organización fue terminante:

-La negativa no puede haber sido del general; la carta no logró pasar el cerco. ¿Está bien? –preguntó Mediokilo.

-¡Está bien!- contestamos todos y no se habló más del tema.

A mi me seguía pareciendo bastante sintomático que el tío Cámpora nos diera entidad y el propio Perón nos la negara. Sin embargo, nunca creí en la teoría del cerco, aunque jamás lo confesé a nadie, por ese entonces.

De cualquier modo usamos las camisetas para participar del campeonato “Evita”, en la categoría once y doce años y fuimos sub campeones.

El no haber podido salir primeros provocó que MedioKilo entrara en un pozo depresivo del cual le costó varios días recuperarse. No podía asumir que no nos hubiéramos alzado con el campeonato, el cual habíamos encarado como una tarea militante.

-¡Le fallamos al general!- repetía – y encima perdimos con el Colegio San Patricio, esos turros clericales.

Hubo que convencerlo casi a las trompadas, de que desistiera de llevar adelante una represalia para la cual había preparado una bomba molotov gigante, construida con una damajuana (¡tan grande era su anticlericalismo, tan marcada la quema de iglesias en su información genética!), que insistía en arrojar sobre la iglesia San Patricio, de calles 14 y 21.

Al tiempo la bronca se nos fue pasando y Mediokilo, paulatinamente, fue volviendo a la normalidad.

Las actividades de los Niños Peronistas se siguieron realizando, aunque la Historia no las haya registrado nunca, por esto de que no formamos parte orgánica del movimiento, no fuimos reconocidos institucionalmente como rama y, por tanto, para los historiadores no existimos.

Los que escriben la Historia, no suelen usar las acciones de los niños como insumos para sus producciones, salvo que éstas adquieran espectacularidad policial (si hubiéramos dejado a MedioKilo arrojar su mega-bomba, seguramente el hecho habría quedado registrado, y la existencia de la RIM hubiera sido imposible de ocultar).

Así, el gran público no tuvo la posibilidad de conocer nuestras actividades, nuestra lucha, nuestra pasión. Quedamos confinados al rubro historias pequeñas, anécdotas orales, cuando en realidad actuábamos con el convencimiento de que el curso del país hubiera sido muy otro sin nuestro aporte.

Lamentablemente, los historiadores no han llegado a entenderlo.

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