viernes, 4 de junio de 2010

“-Profe, la Historia va a hablar de mi cuando no esté.
-Si no hacés algo importante, seguro que no.
-Por eso no me gusta la Historia. No se interesa por
gente como yo”

Brenda C., 14 años.
Escuela Normal de Mercedes (B)
Abril de 2010


Los manuales más académicos definen a la Historia como aquella “disciplina que tiene por finalidad la reconstrucción del pasado humano a través de sus restos”.

Según esta acepción del término, es una ciencia, ya que cuenta con método y objeto propio.

No debería ser necesario aclarar que cuando las obras de referencia hablan de Historia, aluden a lo que podríamos llamar la Historia grande. La de los libros que son producto de investigaciones que llevan años; la que se despliega en fenomenales escenarios, cuya materia prima son batallas y revoluciones; la de los grandes procesos; la de los grandes hombres, los estadistas, los mártires, los héroes, los santos.

Esta Historia no recoge, obviamente, cualquier hecho del pasado, sino solo eventos considerados de importancia.

Desdeña, por tanto, acontecimientos estimados menores, los cuales no tienen otra opción que la de ser archivados en la memoria colectiva, sobrevivir como relatos populares, circular por canales alternos, no oficiales, por no haber alcanzado la estatura necesaria para llegar al libro.

Fue tanta la pasión que puso San Martín en diagramar y ejecutar el cruce de la cordillera, como el empeño del equipo infantil que integré en 1974, por ganar el campeonato Evita, en la categoría once y doce.

Sin embargo, el primer hecho es historiable; el otro no.

No caben aquí consideraciones de carácter subjetivo. No importa que para nosotros fuera más importante el segundo hecho que el primero: a la Historia la escriben ellos, los historiadores, no nosotros, por más injusto que nos resulte.

No obstante, a lo largo de estos relatos, y a los efectos de efectuar una más equilibrada consideración respecto del pasado, vamos a aprovecharnos de la ambigüedad que presenta la palabra historia.

Así, deberíamos reconocer para nuestra finalidad, al menos otro alcance del término, según el cual se podría identificar a la Historia con “la narración de algún suceso, cualquiera sea su relevancia, incluso si fuera imaginario o falso”.

Cuando hablamos de historia en este sentido, entonces, deberíamos hacerlo en plural, ya que, estaríamos hablando de infinidad de historias, las cuales, como no suelen ser interesantes para los historiadores, no han sido reunidas, sobreviven sueltas, se reproducen y mutan, aunque mantienen la esencia.

Estas historias suelen suceder en escenarios menores, marginales, residuales, alejados del aparato del Estado; en las calles suburbanas de las grandes capitales o en los pequeños pueblos; en las estaciones ferroviarias, en los bares y en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las aulas.

La Historia reputada como grande, es el continente de las historias consideradas menores, siempre; aunque los actores de estas historias, las pequeñas, lo ignoren (generalmente lo hacen).

Pero para la vida de las personas comunes, solo las pequeñas historias son las imprescindibles; la gran Historia se les presenta como un proceso abstracto, lejano, dudoso, generalmente protagonizado por los profesionales de la Historia, los próceres, esos seres de semblante adusto y acción infalible.

Las personas comunes no trabajan para la gran Historia, ya que esta no los tiene en cuenta casi nunca. Solo viven (vivimos).

Sin embargo, hay algunas etapas en las cuales la gran Historia entra en contacto liminal (o no tanto), con las historias pequeñas. A veces, incluso, ambas se superponen, de tal modo que estas son (van siendo), la Historia, con mayúsculas.

Los actores de las historias pequeñas se dan cuenta de que en esos lapsos de tiempo están escribiendo la otra, o al menos, conviviendo con ella.

Así, las conversaciones en las sobremesas, ya no versan solamente sobre menudencias, sino que en ellas se cuelan temas tales como aquellos que los libros de la gran Historia suelen contener; y los personajes principales ya no parecen ser los tipos de las estatuas, sino los propios vecinos.

Estas etapas son excepcionales.

En estos períodos es tan fuerte la sensación de que la gran Historia nos atraviesa que hasta los niños perciben su influencia, se sienten partícipes de lo importante que está en curso y muchas veces actúan en consecuencia.

A comienzo de los años setenta del siglo veinte, la Argentina protagonizó uno de estos extraños períodos.

La Historia grande, por un defecto de procedimiento (y por costumbre), no lo ha registrado aún.

No hay comentarios:

Publicar un comentario