viernes, 4 de junio de 2010

Que chica la patria chica

Los chicos de los países antes llamados eufemísticamente “en vías de desarrollo”, solemos creer eso que nos dicen en la escuela, de que “todos los países del mundo son iguales, cada uno con sus características culturales y sus particularidades”, hasta que, llegados a cierta edad, empezamos a comprender que hay ciertas diferencias.

Nuestras naciones suelen estar gobernadas por dictaduras militares criminales, nuestros padres suelen estar desocupados o percibir salarios paupérrimos, nuestros estadios de fútbol suelen ser modestos (sin techo corredizo en las tribunas), en fin, comprendemos que las diferencias entre el primer y el tercer mundo, trascienden las cuestiones de detalle. Cuando entendemos esto empezamos a sentirnos inferiores (es bastante más tarde que comprendemos que la razón de la felicidad de los habitantes de los países del primer mundo, tiene que ver con la que nos sume en la miseria, es decir, el techo de las tribunas de los estadios europeos se construye con el dinero escamoteado a la construcción de unas gradas decentes en la cancha de la Liga Mercedina, por ejemplo).

Pero los chicos de los países “en vías de desarrollo”, que además vivimos en un pueblo pequeño como Mercedes, nos creemos doblemente subdesarrollados, sufrimos un doble complejo, nos sentimos inferiores por partida doble, porque tenemos una tendencia a compararnos con Europa y además, con Buenos Aires.

“Al menos, los chicos de Buenos Aires viven en una ciudad que se parece a cualquier capital europea”, nos decimos. Eso los consuela, pues de algún modo, los acerca al primer mundo. Son subdesarrollados pero no tanto.

En este sentido, esto de vivir en una ciudad sin rascacielos me tuvo preocupado durante la mayor parte de la infancia. Tan solo tres edificios de más de cinco pisos en todo el pueblo, era para mí una vergüenza. Recuerdo con que ansiedad esperé la construcción de uno muy alto que estuvo anunciado durante algunos años. Un gran cartel de chapa lo mostraba en el lote aún vacío de la esquina de 26 y 29. Veintidós pisos, contados con mi dedo pequeño, uno por uno en el dibujo del cartel, cada vez que pasaba por allí. Pero nada, no se construyó y ni el cartel dejaron.

A modo de consuelo solemos, los chicos de Mercedes, recordar que nos rodean pueblos más insignificantes que el nuestro, como Suipacha, San Andrés de Giles y Navarro, de tamaño inferior, siendo tan solo Luján un poco más grande.

Y respecto de Luján, guardamos un odio profundo y ancestral.

Desde el punto de vista futbolístico siempre los hemos superado, incluso nuestro pueblo es más lindo y más limpito, pero jamás hemos podido sacarnos de encima esa sensación de que ellos sean más reconocidos, tan solo por tener una iglesia más grande que la nuestra (y aprovecharla).

Luján es la maldita referencia que ha dado sentido a nuestro existir desde el origen de los tiempos.

“Guardia de Luxán” se llamaba este paraje mercedino cuando era tan solo un fortín de palo y su función era cuidarles las espaldas a nuestros vecinos.

-¿Queda en San Luis, no?- es la pregunta de cualquier porteño cuando se entera de donde venimos.

-No, no… - nos vemos obligados a ubicarlos –…pasando Luján.

Hay veces que para ahorrar la explicación, omito decir Mercedes. – Pasando Luján- contesto directamente.

Es que hasta Luján conocen, más allá…

Acerca de este desconocimiento porteño por todo lo que trasciende las fronteras de la limítrofe autopista, un viejo amigo, empleado del Chase Manhattan Bank, en capital, me contó que ante el desconocimiento de sus compañeros de trabajo respecto del lugar de donde venía (viajaba en tren diariamente), les había hecho creer que para llegar a Mercedes tenía que presentar su pasaporte en Luján, donde había una especie de aduana seca que se lo requería. El jura que le creían. Y a mi no me extraña.

Según el feto Monsalvo, debe haber sido por razones como estas que hemos tenido siempre la necesidad de creer que nuestro pequeño pueblo es un lugar destacable, único, con tremendos valores, pero poco reconocido por el mundo. Un lugar que el resto de los mortales debería conocer y valorar. De esa manera, dice, mitigamos la sensación de inferioridad. No somos pequeños, es que los demás no se enteran de nuestra grandeza, se confabulan en nuestra contra, creemos, según él.

Así, cada vez que un paisano se destaca a nivel nacional, nos produce una gran satisfacción.

-A ver si ahora nos valoran- pensamos.

Pasó con Hector J. Cámpora, el “tío”, nacido en Mercedes, y lamentablemente, hay que reconocerlo, pasó con otros que algunos mercedinos (aunque ahora lo nieguen) reconocían como “de los nuestros”, como los genocidas Videla y Agosti.

Pero la mayor parte de los créditos locales no llega a la notoriedad nacional (según el feto Monsalvo porque no lo merecen).

Cuando niños pensábamos que la razón de que no hubieran trascendido nuestro medio, había sido la tremenda injusticia que suele gobernar al mundo, conjugada con algunos otros motivos menores.

Me remitiré, para ejemplificar, a un tema de mi interés: el fútbol.

Para mí Ricardo Enrique Bochini, por ejemplo, era perfectamente comparable al Quique Gopar, estrella indiscutida del primer equipo del club Gimnasia en los años 70.

Y eso que yo al Bocha, le tenía una admiración terrible. Pero estaba convencido de que Gopar jugaba tan bien como él, y además era un ídolo nuestro, estaba al alcance, podíamos verlo a diario, e incluso los chicos del barrio, hemos alternado en algún picado con él más de una vez.

Yo solía presenciar las prácticas de la primera. Como vecino del club y jugador de inferiores, estaba siempre ahí, sentadito a un costado, mirando. Y cuando hacía falta alguno, esperaba la pregunta -¿Querés entrar?- y entraba.

Alternar con el Quique Gopar, el Pego Biglia, el Zoilo Carmona o el Tiki Escudero era para mí un orgullo indescriptible.

Aprendía futbol, ética y buenas costumbres.

En una ocasión le tiré un caño a una de las estrellas de primera (a quién por una cuestión de discreción, preferiría no mencionar), jugador cuya característica saliente era la abnegación (pero que, según yo había observado, solía abrir demasiado las piernas para marcar), en una práctica en la 40 y el técnico, don Roberto Caracoche, hizo detener el juego para explicarme, de muy buena manera, que no se ridiculiza a un compañero y más si es “quince o veinte años mayor que vos”, que hay que tener respeto, que guardara esos recursos para los rivales.

Recuerdo que una vez, estando con algunos chicos en el hall de entrada del club, ingresaron varias mujeres jóvenes y con mis amigos nos tiramos al piso para apreciar sus piernas (recordará el lector que por aquellos años las mujeres solían vestir una prenda conocida como pollera, hoy extinguida). Enseguida se nos acercó el Cadeco Rodriguez y el Quique Gopar, que andaban por ahí para recomendarnos cambiar la actitud, diciéndonos que lo que estábamos haciendo no era de buenos gimnasistas.

Volviendo al tema, nosotros teníamos la impresión de que el equipo de Gimnasia de los años 70, era mejor que Boca Juniors o el Real Madrid, por nombrar instituciones de las más grandes.

Una noche vinieron a jugar un amistoso unos muchachos que conformaban una especie de Boca alternativo. En realidad eran un grupo de amigos de Marcelo Trobiani, aquella gran estrella que jugó además en Estudiantes de La Plata y fue campeón mundial en el 86 con la selección, entre los que recuerdo a un tal Hugo Paulino Sánchez, jugador de Boca también.

Estos muchachos habían venido a lucirse.

Me acuerdo de Trobiani pisando la pelota con gran habilidad y tirando paredes. Hasta que los nuestros les tomaron la mano y los terminaron bailando. Las estrellas de Boca se terminaron comiendo un par de caños y una paliza descomunal.

La calidad de los créditos locales, aunque no reconocida, era inmensa.

En una ocasión Manolo Garancini, me explicitó las razones por las cuales él creía que no se habían puesto en evidencia las bondades de nuestro equipo. Las causas eran:

· Pertenecer a un pueblo chico, lo cual le hacía dificultoso al resto del planeta enterarse siquiera de la existencia del equipo.

· Gimnasia había ganado todo lo que había jugado (a nivel local y regional). Pero existía la imposibilidad de contrastar su calidad con los grandes de la capital, lo cual, gracias a una combinación de forzadas argumentaciones deductivas, nos hacía concluir que también éramos grandes. El razonamiento era el siguiente: si nunca jugamos con Boca, entonces nunca perdimos con Boca, ergo no está demostrado que seamos peor que Boca.

· Falta de interés de los integrantes del equipo en trascender nuestro medio.

Respecto de este último punto, para muestra un botón.

Una vez vinieron de San Lorenzo a probarlo al Quique Gopar y le dijeron que había quedado, que le hacían el contrato, lo firmaba y listo. El Quique les dijo que prefería seguir en Mercedes porque hacía poco había conseguido una changa en el matadero municipal y no la quería perder.

Nosotros, por aquellos tiempos, entendíamos su rechazo a irse a la capital como una especie de “renunciamiento histórico”, y lo asociábamos con el amor por la camiseta, al pueblo de Mercedes, a la hinchada del lobo.

Si la situación se hubiera dado hoy, en plena crisis mundial y con tanta buena gente pasada al bando de los oportunistas, el Quique habría sido caracterizado como un reverendo pelotudo.

Pero a otra escala, podría decirse lo mismo de Ricardo Enrique Bochini, quien como sabemos, solamente jugó en Independiente, y no porque no haya tenido ofertas internacionales. El Bocha hasta la aparición del Diego, era caracterizado como el mejor jugador del fútbol argentino, y resignó millones por jugar en un lugar que estuviera cerca de su Zárate natal.

Yo no se si el argumento del Quique Gopar para resignar el fútbol grande fue real. Lo que si puedo asegurar es que podría haber jugado perfectamente en cualquier equipo de la capital.

No creo en las afirmaciones desmistificadoras del feto Monsalvo.

Estoy convencido de que Gimnasia y Esgrima de Mercedes de mediados de la década del 70 era el mejor equipo del mundo y si no le ganó a Boca Juniors en aquel tiempo, repito, fue por la sencilla razón de que nunca lo enfrentó.

Y nada más.

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